En medio de estas pláticas, ligera
En su rósea cuadriga y gentil vuelo
La Aurora la mitad de su carrera
Traspuesto habia por el alto cielo;
Y acaso el héroe consumido hubiera
En estéril hablar y acerbo duelo
El plazo volador, si no le echara
La vírgen con afan su olvido en cara:
CX.
«Nosotros ¡ay! miéntras la noche avanza,
Gastamos mudo el tiempo en lloro vano!
La senda aquí se parte, y en balanza
Está la suerte; de Pluton tirano
Lleva la diestra á la valiente estanza,
Y al encantado Elíseo: á izquierda mano
Caen los muros do la gente impía
En eterno sus crímenes expía.»
CXI.
«Perdon,» dice Deífobo, «si muevo
Tu enojo, profetisa soberana!
El número fatal que llenar debo
Torno á llenar doliente sombra y vana.
Tú vé en paz, gloriosísimo renuevo,
¡Oh luz, oh prez de la nacion troyana!
Goza suerte mejor que fué la mia.»
Y así diciendo á su ángulo volvia.
CXII.
Tornó Enéas á ver, y á izquierda mira
Cerrada una ciudad de triple muro
Al pié de una alta roca: en torno gira
Con lenguas Flegeton de fuego puro,
Y revuelca peñascos en su ira:
Frente, gran puerta, de diamante duro
Las jambas, cual ni de hombres quebrantada
Ni áun de Dioses lo fuera por la espada.
CXIII.
Férrea una torre despreciando el viento
Avánzase orgullosa: allí sentada,
Ceñida un manto de color sangriento
Guarda insomne Tisífone la entrada.
Ruido de barras, en aquel momento,
Y música de azotes despiadada
A oirse empieza, y voces de horror llenas,
Y el pesado arrastrar de las cadenas.