«¿Qué gritos de dolor hieren mi oido?»
Dice Enéas parándose asombrado:
«¿Quiénes llevan allí su merecido?
»¿Cuál es ¡ay! su suplicio y su pecado?»
Y la Sibila respondió: «No ha sido
Nunca á justos varones otorgado,
Magnánimo caudillo, entrar las puertas
Sólo al delito por la pena abiertas.
CXV.
»Mas yo, cuando los bosques infernales
Por Hécate guardaba, del espanto
Vi el reino y sus tormentos eternales:
Tiene el cetro el cretense Radamanto,
Que interroga á las almas criminales,
Castiga sus delitos, y de cuanto
Ocultó hasta la muerte astucia fria,
A hacer les fuerza confesion tardía.
CXVI.
»Y, nunca de venganzas satisfecha,
Con la izquierda azuzando sus serpientes
Y del látigo armada la derecha,
Corre los sentenciados delincuentes
Tisífone á azotar, y los estrecha,
Llamando sus hermanas inclementes;
Y ábrense á devorarlos, y crujiendo
Giran las sacras puertas con estruendo.
CXVII.
»Contempla á la cruel, que allí se asienta
Y el vestíbulo guarda de ese mundo:
¿Qué, si vieses, abiertas las cincuenta
Negras fauces, el monstruo sin segundo,
La Hidra feroz que adentro guarda atenta?
Luégo el Tártaro se abre, tan profundo
Al medio de su abismo, cuanto dista
El alto Olimpo de la humana vista.
CXVIII.
»Allí, humilladas las soberbias vidas,
Los antiguos engendros de la Tierra
Revuélvense en recónditas guaridas
A donde el rayo su ambicion encierra:
Vi á par los dos enormes Alöidas
Que el Cielo con sus manos, ¡loca guerra!
Descargar intentaron, y en su encono
A Jove mismo derrocar del trono.