Están allí los que á la patria amaron,
Y heridas por la patria recibieron;
Allí los sacerdotes que guardaron
Austera castidad miéntras vivieron;
Vates dignos que á Febo interpretaron;
Maestros que el vivir embellecieron
Con artes nuevas; los que haciendo bienes
Vencieron del olvido los desdenes.
CXXXV.
Todos éstos con ínfulas nevadas
Ceñidos van las sienes y cabellos.
Con los cuales confunde sus pisadas
La profetisa por sus campos bellos;
Y volviendo la voz y las miradas
A Museo ante todos, que alza entre ellos
Con majestad serena la cabeza
De muchos rodeado, á hablar empieza:
CXXXVI.
«Oid, almas felices, ruegos píos;
Y tú, máximo vate, ¿dó se esconde
Anquíses, por quien ya los grandes rios
Cruzamos del Erebo; dínos, dónde?
¡Ah! ¿qué sitios repuestos y sombríos
Nos le ocultan?» Museo la responde:
«Aquí moramos bajo hojosos techos,
Y son márgenes blandas nuestros lechos;
CXXXVII.
»Frescos prados tratamos por recreo,
Y á nadie se fijó mansion segura;
Mas pues tanto interes traer os veo,
Venid conmigo á la vecina altura
Y camino hallará vuestro deseo.»
Dice; ante ellos los pasos apresura,
Y horizontes de luz les manifiesta:
De ahí, descienden de la erguida cresta.
CXXXVIII.
En un valle cubierto de verdura,
Anquíses, en el fondo, atento via
Guardadas almas que del aura pura
Subirán á gozar llegado el dia;
Allí en sombra numera su futura
Cara prole, y mirando se extasía
La fortuna y valor hereditarios,
Glorias, triunfos, virtudes, lances varios.