Y viendo que hácia allá se dirigia
Hollando Enéas el gramoso prado,
Abre Anquíses los brazos, de alegría
Lágrimas vierte y clama enajenado:
«¿Conque venciste intransitable via,
Hijo, á fuerza de amor? ¿Conque á mi lado
Hoy tornas? ¿Es posible que consigo
Verte, oirte, tocarte, hablar contigo?
CXL.
»Yo, tiempos computando, aqueste día
Fausto acercarse vi: cumplióse el voto.
¡Mas cuánta extraña tierra en tu porfía
Habrás medido, y cuánto mar ignoto,
Y qué de riesgos arrostrado, en via
De confin tan profundo y tan remoto!
De los líbicos pueblos, hijo amado,
¡Cuánto temblé por tí funesto hado!»
CXLI.
Enéas contestóle en tal manera:
«Tu imágen veneranda, padre mio,
Siguiéndome doliente por doquiera,
Forzóme á visitar el reino umbrío.
Ocupan mis bajeles la ribera
Tirrena. Mas tú ahora, con desvío
No á mi mano, señor, robes la tuya;
No á mi abrazo filial tu cuello huya.»
CXLII.
Dice, y llorando, con amante empeño
Tres veces va á abrazar al padre anciano;
Cual humo huye la sombra ó como sueño
Y él tres veces aprieta el aire vano.
Tornó á mirar, y un bosque vió risueño
En un valle repuesto comarcano:
Gárrulo bosque, plácido retiro
Que manso baña el Lete en blanco giro.
CXLIII.
En torno vagan del durmiente rio
Gentes, pueblos, enjambres voladores,
Y cual abejas que en sereno estío
Rondan fugaces peregrinas flores,
Y á los lirios de cándido atavío
Asedian, confundiendo sus rumores,
Tal llenando de estruendo la campiña
La aérea multitud vuela y se apiña.