Maravillado de la extraña escena,
Medroso Enéas á entender aspira
Qué es aquella corriente tan serena;
Quién la infinita multitud que gira
Á par del rio y sus florestas llena.
El padre Anquíses respondióle: «Mira:
Antiguas almas á quien guarda el hado
Nuevos velos corpóreos, nuevo estado,
CXLV.
»Esas son las que afluyen al Leteo
Y en raudal bienhechor beben olvido.
Tiempos hace, hijo amado, que deseo
Mostrarte mi linaje esclarecido
En estas sombras que delante veo,
Porque, absorto en destino tan subido,
De haber llegado á la que áun mal conoces
Itálica region, conmigo goces.»
CXLVI.
«Mas ¿es creible que al sabido cielo,»
Enéas contristado así murmura,
«Alguna alma de aquí remonte el vuelo
Y á informar torne la materia oscura?
¡Mísera humanidad! ¡Qué inmenso anhelo
De vida y goces! ¡qué cruel locura!»
Anquíses acudiendo á su sorpresa,
Ordenadas razones así expresa:
CLXVII.
«Porque en luz de verdad tu mente aclares,
Hijo, escucha: En los cielos y en la tierra,
Y en las líquidas capas de los mares,
En la alba luna que inconstante yerra
Y en el sol y en los grandes luminares,
Espíritu eternal dentro se encierra:
Todo hínchelo él, vago y profundo;
Alma y centro comun, él mueve el mundo.
CXLVIII.
»Y en él tiene su orígen el humano,
Y el bruto, el ave, y cuanto monstruo cria
En sus senos marmóreos Oceano.
Centella celestial, ígnea energía
Vida á esos séres da, gérmen temprano,
En cuanto no los rinden á porfía,
El fardo de la carne, los mortales
Órganos y ataduras mundanales.