»De ahí es que ansian y temen, y ó padecen
Ó envueltos gozan en su cárcel dura:
No ven la luz; ni quedan, si fallecen,
Limpios del todo de la mancha impura
De las miserias que al mortal empecen.
¡Pobres almas! la sombra en ellas dura
De usos viles en años adquiridos
En su lucha y su union con los sentidos.
CL.
»Por eso corren del dolor los grados,
Y vicios propios cada cual expía:
Hay unas que, purgando sus pecados,
Expuestas penden en region vacía;
Otras al fuego ó en profundos vados
Residuos sueltan que la culpa cria:
Y así los Manes, por diversos modos,
Merecida pasion sufrimos todos.
CLI.
»Al Elíseo de ahí se nos envía,
Y pocos alcanzamos los amenos
Campos de llena paz y alma alegría;
Que no se ganan por ventura, á ménos
Que (cediendo á la edad, llegado el dia,
El postrer resto de hábitos terrenos)
El alma, redimida á la materia,
Torne á ser mente pura y lumbre aeria.
CLII.
»Consumados mil años, al Leteo
Almas acuden en tropel nutrido:
Arrástralas un Dios, porque el deseo
Nazca en ellas, envuelto en alto olvido,
De volver á vestir corpóreo arreo,
De subir á habitar terreno nido.»
Tal dice, y lleva al héroe y la Sibila
Entre el ruidoso pueblo que desfila.
CLIII.
Y porque logre, al avanzar la hilera,
Ver de frente lo digno de memoria,
Le conduce á un collado, y, «Considera,
Hijo,» le dice, «la sublime gloria
Que á la raza de Dárdano le espera;
Oye los claros nombres que en la historia
Nos guarda Italia; entre futuras gentes
Mira pasar tus dignos descendientes.