»Los ojos torna: á tu nacion atento
Contempla en Roma; á César mira; advierte
Los racimos de Yulo tu sarmiento,
Que á luz cabal predestinó la suerte.
Éste es, éste es el que una vez y ciento
Oiste á altos anuncios prometerte,
César Augusto, hijo de un Dios, que al mundo
El áureo siglo volverá fecundo.
CLX.
»Él á Italia honrará con tales dones
Cual ya Saturno; y llevará su imperio
Del Indo y Garamanta á las naciones,
Su valor fatigando al hemisferio;
Y abriránse á su paso las regiones
Que allende el Sol se embozan en misterio,
Á do el cielo con astros rutilante
Rueda en los hombros del eterno Atlante.
CLXI.
»Ya ven los Caspios reinos su venida,
Por anuncios, con ánimo intranquilo;
Ya la tierra Meótica trepida,
Sus siete brazos estremece el Nilo.
Tigres guiando con pampínea brida
Y de Nisa impeliendo, excelso asilo,
Su carro victorioso, Baco empero
Llegar no pudo á ese último lindero.
CLXII.
»No corrió Alcídes mismo espacio tanto,
Aunque prendió con rápida saeta
La cierva piés-de-bronce, y de Erimanto
Impuso paces en la selva inquieta,
Y el lerneo confin cubrió de espanto.
¿Y dudamos vencer adversa meta
Nuestra gloria ensanchando? ¿Harán temores
Que no hollemos la Ausonia triunfadores?
CLXIII.
»¿Quién es aquél que coronado asoma
De insigne oliva, y que con propia mano
Ya sobre sí sacras ofrendas toma?
Su barba anuncia y su cabello cano
Al primer rey-legislador de Roma,
Que de su humilde Cúres, aldeano,
Y de su hogar, desnudo, imperio grande
Saldrá á regir cuando el deber lo mande.