LV.
»Y por fin con estrechas cerraduras
Y de hierro cargadas, de la Guerra
Cegadas quedarán las puertas duras:
El malvado Furor, que allí se encierra,
Sentado sobre rotas armaduras,
Con las manos atras, que el bronce aferra
De cien cadenas, lanzará bramidos,
Los dientes rechinando enrojecidos.»
LVI.
Dice, y al punto del Olimpo envía
Al alígero dios hijo de Maya,
Que á allanar á los náufragos la via
Y el muro de Cartago á abrirles vaya;
Pues de Dido recela, que podria
Alejarlos tal vez de aquella playa
Si los altos designios ignorase.
Oyele el nuncio, y por el éter vase.
LVII.
Y la pluma batiendo fugitiva
En la region inmensa, por do hiende,
Presto á las costas líbicas arriba,
Y á cumplir el mandato sólo atiende:
Y ya los Penos su rudez nativa,
Por él, remiten; y ante todo enciende
En Dido un vago y tierno sentimiento,
Prenda de hospitalario acogimiento.
LVIII.
Enéas, que la noche pasó entera
Cavilando, áun no bien la luz celeste
Mira nacer al mundo placentera,
Ya ansioso sale á ver qué clima es éste
Do el viento le ha arrojado: si hombre ó fiera
Habita en él, segun le ve de agreste:
Todo saberlo, averiguarlo intenta,
Y á los suyos tornar á darles cuenta.
LIX.
La flota deja so el peñon antiguo
Que las aguas socavan sin estruendo,
Y de las corvas selvas al abrigo
Con sombra en torno de negror horrendo:
Sólo á Acátes llevándose consigo,
Cada cual ancha pica entra blandiendo:
Ya en medio el bosque, Vénus de sorpresa
Vestida de espartana se atraviesa.