LX.
Por su aire y armas lo parece; ó nueva
Harpálice gentil, que de vencida
A sus caballos en su esfuerzo lleva
Y al Euro alado en su veloz corrida:
Cual puesto al hombro á cazadores prueba,
Cuelga el arco; el cabello al aura olvida;
Y deja la rodilla ver desnuda
Do undosos pliegues lazo breve anuda.
LXI.
«¡Hola! mancebos,» díceles la Diosa:
«¿A una de mis hermanas por ventura
Visto habeis por ahí, que vagarosa
Lleva aljaba, y pintada vestidura
De piel de lince? ó que tal vez acosa
A un jabalí soberbio en la espesura
Con agudo clamor?» Tal Vénus dijo;
Y de Vénus así respondió el hijo:
LXII.
«En verdad no hemos visto aquella hermana
Tuya, á quien buscas, ni sabemos de ella.
Mas ¿cuál te nombraré? nos es cosa humana
Lo que suena tu voz, tu faz destella.
¿Eres alguna Ninfa? ¿eres Dïana?
Yo diosa te presumo, y fausta estrella,
Quienquier fueres, mi labio te saluda:
¡Oh! da propicia á náufragos tu ayuda!
LXIII.
»Y por piedad, qué clima es éste, dínos,
Ó qué zona del mundo, qué campaña;
Que sin saber ni gentes ni caminos,
Vamos perdidos en region extraña
A donde, infortunados peregrinos,
De olas y vientos nos lanzó la saña;
Y, grata á recibidos beneficios,
Mi mano hará en tus aras sacrificios.»
LXIV.
«No merezco ese honor,» Vénus contesta:
«Siempre de Tirias fué, si os maravilla,
De aljaba ornadas vaguear, cual ésta,
Con borceguí purpúreo á la rodilla.
Púnico imperio aquí se os manifiesta,
Pueblos fenicios, de Agenor la villa;
Empero, esta region parte fronteras
Con las tribus del Africa altaneras.