»No al gran Caton olvidaré, no á Coso;
Ni ya á los Gracos, ni á los dos Scipiones,
Relámpagos de guerra, pavoroso
Apellido á las líbicas regiones.
Fabricio, en tu pobreza poderoso,
¡Salve! y tú, el oro en rústicos terrones
Esparciendo, oh Serrano! ¡Salve, oh Fabios!
No, aunque cansado, os callarán mis labios.

CLXX.

»Máximo, con tardanzas tú prudentes
Salvarás la Nacion. Y esto adivino:
Otros con más primor vultos vivientes
Harán de bronce duro ó mármol fino;
Oradores habrá más elocuentes;
Sabios podrán con más seguro tino
El cielo escudriñar y las estrellas,
Y los cercos medir y el poder de ellas;—

CLXXI.

»Tú, Romano, regir debes el mundo;
Esto, y paces dictar, te asigna el hado,
Humillando al soberbio, al iracundo,
Levantando al rendido, al desgraciado.»
Habla Anquíses, y atiéndenle en profundo
Silencio. «Ved,» añade, «señalado
Con opimos despojos á Marcelo,
Que alza entre todos vencedor su vuelo.

CLXXII.

»En mar revuelta armado caballero
Librará al pueblo de infeliz destino,
Venciendo al Galo, al Peno, y el tercero
Será que ofrenda igual cuelgue á Quirino.»
Viendo Enéas que aquél por compañero
Trae á un jóven de aspecto peregrino
Y brillante armadura, mas la frente
Mustia casi, ojos bajos, faz doliente;

CLXXIII.

«¿Y quién es el doncel, ¡oh padre!» exclama,
«Que le sigue en amiga competencia?
¿Hijo suyo será, ó acaso rama
Remota de su ilustre descendencia?
¿Qué són de córte en torno se derrama?
¡Cuán parecido en la marcial presencia!
¡Mas ay! que en torno de su frente vaga
Odiosa noche con su sombra aciaga!»

CLXXIV.