CXV.

Y el héroe apareció, de luz cercado,
A un Dios en aire y en miembros semejante;
Pues le habia su madre aderezado
La copia de cabellos arrogante;
Bañó sus ojos de inefable agrado,
Y dió luz rósea al juvenil semblante,
Bien cual bruñe el marfil, ó mármol pario
Ó argento engasta en oro el lapidario.

CXVI.

«Ved salvo al que buscais; yo soy Enéas!»
Dice; y á Dido se convierte luégo:
«Tú, sensible mujer, dichosa seas,
Sensible á nuestra historia, á nuestro ruego;
Que reino y casa á náufragos franqueas,
De la espada reliquias y del fuego,
Juguetes de la mar, de la fortuna,
Ya sin arrimo ni esperanza alguna!

CXVII.

»Señora, á tu largueza, á tu hidalguía
Corresponder nosotros mal podremos,
Ni cuantos restos de la patria mia
Errantes van del orbe en los extremos.
Mas si hay Dioses que ven con simpatía
La virtud; si áun justicia conocemos;
Si el tribunal de la conciencia es algo,
El Cielo premiará tu porte hidalgo!

CXVIII.

»¡Oh feliz hora en que la luz primera
Viste del cielo! ¡oh ilustres genitores!
Miéntras amen del monte la ladera
Las sombras; miéntras corran bramadores
Los rios á la mar; miéntras la esfera
Alimente sus trémulos fulgores,
Durará tu alabanza y tu memoria:
Doquier yo aliente, vivirá tu gloria.»

CXIX.

Dice; y adelantándose del puesto
Las manos da regocijado: en tanto
Que una ofrece á Ilioneo, otra á Seresto,
Y al gran Gias de ahí, y al gran Cloanto,
Y á todos á la vez. Dido de presto
Enmudeció de admiracion y encanto:
Al presentarse el héroe, con su brillo;
Luégo, al abrir los labios, con oillo.