CXXX.

»Enéas sabes tú cuánto ha sufrido;
Cuál Juno en oprimirle atroz persiste,
De todo viento en todo mar barrido;
Que áun de él conmigo hermano te doliste:
Huésped agora la sidonia Dido
Con regio halago liberal le asiste;
Mas temo que á inclinarse en contra empiece
Hospedaje que á Juno á par se ofrece.

CXXXI.

»Que no su odiosidad terná arrendada
En tan ardua ocasion. Y así primero
Poner de Dido al corazon celada
Y de mi llama rodealle quiero;
Porque otra inspiracion no la disuada,
Y, con afecto al cabo verdadero
Asida á Enéas, de mi lado quede:
Oye cuál finjo que lograrse puede.

CXXXII.

«El infante real la voz de Enéas
Va á seguir, y de Acátes las pisadas,
A Cartago llevando las preseas
De Troya, al fuego y á la mar ganadas.
Porque él nada presuma, y de él no seas
Turbado de la Reina en las moradas,
A Citera ó á Idalia llevaréle,
Do sacra oscuridad su sueño cele.

CXXXIII.

»Toma esta noche su figura, y lazo,
Niño en disfraz de niño, á armar vé á Dido:
Que ella habrá de acogerte en su regazo
Gozosa entre los bríndis y el rüido;
Y tú á vueltas podrás del blando abrazo,
En la miel de sus ósculos, Cupido,
Depositar la punta que á su seno
Oculto del amor lleve el veneno.»

CXXXIV.

Manso á la tierna madre Amor da oidos,
Y marcha, á Ascanio igual, depuesta el ala;
Miéntras de Ascanio Vénus los sentidos
Con plácido sopor vence y regala;
Y abrigado en su seno, á los erguidos
Idalios bosques llévale, do exhala
Su aroma, y con sus sombras le guarece
El blando almoraduj que allí florece.