Todos callan; y Enéas, que cautiva
De todos la atencion, desde alto lecho
Comienza: «¡Oh Reina! mandas que reviva
Inefable dolor mi herido pecho;
Que cómo á manos de la hueste aquíva
El troyano poder cayó deshecho
Recuerde: horrores que podré pintarte,
De ello testigo y no pequeña parte.

II.

«Mas ¿quién, ya que secuaz de Ulíses fuera,
Si á tan largo dolor velos levanto,
Qué Mirmidon, qué Dólope lo oyera
Sin dar, á su pesar, tributo en llanto?
Acercándose al fin de su carrera
Hé aquí la húmeda Noche rueda en tanto,
Y extinguiendo en la mar sus luces bellas
A descanso convidan las estrellas.

III.

»Mas pues tu noble corazon consiente
En ser de este dolor particionero;
Pues mandas que de Pérgamo te cuente
El afan congojoso postrimero
En breve narracion; aunque se siente
Horrorizado el ánimo, y del fiero
Espectáculo aparta la memoria,
Principiaré la miseranda historia.

IV.

»Yacian con el cerco prolongado
Rotos los jefes de la hueste aquea,
Maltrechos siempre del adverso hado;
Cuando Minerva en su favor emplea
Artificio sagaz. Por su mandado
Hueca mole fabrican gigantes
Que gran caballo al parecer figura,
De recia tablazon y contextura.

V.

»Simulan y propalan que se eleva
Por voto á Pálas hecho, de tranquilo
Viaje en demanda: por doquier la nueva
Mentirosa se esparce; y en sigilo,
Echadas suertes entre gente á prueba,
A ocupar suben el oscuro asilo
Del vasto seno y cóncavos costados,
Provistos de sus armas los llamados.

VI.