XXVI.

»Hé aquí, el aire infestando de repente,
El contagio cruel sacude el ala;
Infausto nuncio de estacion doliente,
Los arboredos y sembrados tala:
La vida va arrastrando falleciente
Quien ya el aliento último no exhala:
El Can ardiente estrago sordo hace;
Marchito el lustre de los campos yace.

XXVII.

»Y, sustento negando yermo el suelo,
Mi padre del oráculo divino
Manda que vamos á implorar consuelo
Tornando á abrirnos por el mar camino:
Que cuál término, diga, al mustio duelo
De este pueblo reserva peregrino;
A quién habemos de acudir; á dónde
Enderezar el rumbo corresponde.

XXVIII.

»Era alta noche y muda: en mi retiro
Yacia yo, la mente aletargada,
Cuando delante á los Penates miro
Que hurté al incendio en la fatal jornada.
Por mis ventanas, en su errante giro
Lograba á la sazon la luna entrada,
Y del brillo bañados macilento
Ellos me hablaban con benigno acento:

XXIX.

«No temas,» me decian; «pues de parte
»De Apolo, que oficioso nos envía,
»Los destinos venimos á anunciarte
»Que él, volviendo tú allá, te anunciaria.
»Tu brazo nos salvó de adverso Marte,
»Librónos tu piedad de llama impía;
»Hemos seguido tu fortuna, y fieles
»Navegamos contigo en tus bajeles.

XXX.

»En grato premio á tu favor, mañana
»Al cielo hemos de alzar tus descendientes;
»Mas hoy, á esa ciudad que soberana
»Herencia haremos de invencibles gentes
»(Que esto es tuyo, no nuestro), el paso allana:
»Lo harás, si en largo viaje no consientes
»Reposo: asiento muda: el Dios profeta
»No te brindó con descansar en Creta.