Un campesino de Macachín nos confiesa su simpática aventura;

—¿Sabe que me he metido a ensayar los silos de alfalfa? Leí un artículo en una revista norteamericana y ¡qué diablos! para probar...

—¿Y?

—De todo. El forraje de los dos que hice fué cortado en la misma época. A ambos los acondicioné en igual forma. Uno de ellos me dió un resultado espléndido; pero el otro fué un fracaso. Fermentó en seguida y apareció el pasto todo manchado, amarilloso, fétido.

—¿Lo cubriría mal, tal vez?

—No señor. Tuve igual precaución para los dos. Y, a medida que iba insumiéndose el foso, me cuidé muy bien de ir revocando las agrietaduras, cosa que no entrara el aire.

—Habrá estado la alfalfa de alguno más humedecida.

—Quizás haya sido eso...

Y a renglón seguido de este dialogo, viene la explicación oportuna, cosa de que no se malogren los silos nuevos de este valiente ensayador.

En una estación de la línea Toay-Bahía Blanca, sube a los coches agronómicos, un guarda del ferrocarril. El también tiene un rosal en su casita. Es hombre de buen gusto y no puede ver que los pulgones le arruinen el “crédito de su jardín, que da unas rosas como si fueran de porcelana". Se le receta la acreolina al 2% o una emulsión jabonosa, a base de kerosene. Y el hombre—¡qué decimos! el poeta—jubiloso, como que lleva la salud a su pensil, busca con ingenuidad en su bolsillo, un peso para satisfacer la consulta...