En Macachín, una planta adventicia, simpática en apariencia, se ha metido como Juan por su casa, en los alfalfares. Cualquier ganadero pone semblante torvo ante esta intrusa que no tiene traza de pertenecer al comadraje de la vecindad, definido ya en la nomenclatura campesina. ¿Qué será? ¿Qué no será? ¿De dónde vino? ¿La comerán las vacas? ¿Será indigesta, purgativa, venenosa? En nuestra presencia, la recoge el agrónomo. El tampoco la conoce. Pero ya le dirá la clasificación científica, a qué gentuza pertenece esta cizaña que viene a romper la armonía del prado.

El aula y el museo ambulantes, en que viajan los agrónomos, constituyen foco de atracción, no sólo de colonos, sino también de estudiosos y observadores y especialmente del mundo escolar. Sentimos vivo placer en Rivera (provincia de Buenos Aires), en donde aguardamos el enganche en el tren que va a Catriló, presenciando la lección que un judío ruso da a su hijo—rapazuelo inteligente, rubio y bronceado—en el coche museo.

—Este—le dice, enseñándole un frasco—es una mais mogocho que rguinde mucho... Aquí tienes una rgama de pagaiso en donde se ha apodegado la cochinilla (aspidiotus hederae).

Hay quinteros con veinte o treinta años en el país, que se han encerrado en la rutina. Duro es machacar sobre estos espíritus, blindados a todo modernismo, imbuídos de buena fe en su primitividad virgiliana. ¡Y cuidado de contradecirles si han ingertado un brote diminuto sobre robusto y desproporcionado patrón o han podado románticamente un manzano lleno de fronda!

No siempre son ásperos y rudos los agricultores que nos trae la marejada inmigratoria. Cuando el agrónomo se familiariza con ellos y sabe atenderlos en sus cuitas, le toman afecto. Para los colonos, un agrónomo bueno, suele ser una figura paternal, una especie de segunda providencia. En los focos de colonización judía, sus agricultores, reacios y calculistas a menudo, suelen tener su afecto sencillo para el profesional. Los de Quehué, por ejemplo, llaman bondadosamente al agrónomo distribuidor de semilla “el gromo de nosotros”; “la groma” a la esposa; a sus niños los “gromitos".

En lo que el agrónomo no debe descansar es en su prédica sobre la civilización y afianzamiento de los médanos, problema que tiende a desaparecer en la Pampa. A menudo hemos visto despuntar sobre los trigales florecidos la cresta pelada de un médano, en salvaje desafío, como una ampolla purulenta sobre la lozana salud de los campos.

—¡Pero amigo!...—se le dice al colono locador o propietario, con cierta irónica gravedad.—Dome ese medanito...

—Le parece... ¡Si es más bravo! Ya planté unos álamos, pero han desaparecido.

—Es claro. Si no lo repara, es tiempo perdido. Evite que entren los animales a removerlo. Métale un alambrecito con un hilo de púa, nomás; y después, ponga estacas de álamo de Italia o siembre centeno. A la vuelta de dos años no hay médano...