—A mediados del año anterior—nos dice—se puso en condiciones de cultivo, un cuadro de veinte hectáreas, comenzando a almacenar el agua de las lluvias caídas, por medio de rastreos con rastra de dientes. Llegada la época oportuna, se procedió a la siembra de maíces y sorgos, operación un tanto retrasada, debido a las huelgas y otros factores de fuerza mayor. La operación de sembrar la practicamos a fines de octubre con sembradora sistema “Lister”, maquinaria que llena todas las necesidades y hace una labor perfecta.
—¿Qué clase de maíz sembró?—interrogamos.
—Las variedades conocidas por Golden Beauty, o sea “amarillo grande” y “colorado de polenta".
—¿Y cuáles fueron los resultados?
—En cuanto a calidad, inmejorables. El peligro que nos amenazó con insistencia, fué la sequía de diciembre y enero pasados, tan cruel para las zonas agrícolas de la República. Los fuertes vientos también se dejaron sentir sin interrupción en la comarca. Felizmente cuando creíamos malograr todas las sementeras totalmente, una lluvia de febrero, oportuna, como una bendición, puso a salvo las cosechas.
—¿Y en sorgos?
—Se ha sembrado todas las variedades convenientes: kafir, milo, feterita y pasto ruso. De estos cultivos hemos recogido semillas muy superiores a las traídas a la región. Vea usted si estos no son sementales de primer orden.
Y nos alcanzó unas panojas dignas de ser expuestas en cualquier exposición agrícola de Buenos Aires, por la profusión, calidad y limpieza de sus granos, blancos y grandes, de feterita; copiosos y pequeños, de kafir; frondosos y ligeramente anaranjados, de milo.
—Con esta aclimatación regional—nos asegura el administrador—hemos salvado uno de los más grandes escollos: conseguir semillas nativas.
—¿Y sobre cereales, qué experiencias se han hecho?