Espléndidos están los trigales. En esta zona se ha cultivado este año alrededor de 70.000 hectáreas.
Hace algo menos de ocho años que se organizó esta colonia. Campos pelados, incultos aún, sin la más remota perspectiva de ferrovía, fué una valiente empresa afrontar su cultivo. Todo el mundo—es decir “celui que ne comprend pas"—puso su irónica dubitación en la aventura. Aquella era una utopía, una empresa descabellada. Si la estación próxima dista más de cuatro leguas de la zona de producción—aconseja la economía agrícola—no compensa los gastos de acarreo. Más de diez leguas tuvieron que recorrer los primeros trigos de Winifreda.
—Las grandes dificultades—nos dice el organizador de esta colonia—las tuve al principio. Aquella de encontrar agua potable, fué un problema. Después de consecutivos e infructuosos ensayos, pude allanar el obstáculo, encontrando napas muy buenas. Créame que los tres primeros años fueron para mí un verdadero fracaso. No desmayé, sin embargo. Seguí proporcionando a mis colonos elementos, semillas, dinero, para que no se malograra la labor.
—Pero ha triunfado al fin...
—No puedo quejarme. Moralmente, siento la gran satisfacción de haber dado vida a una rica zona de la Pampa, luchando abiertamente por su cultura agrícola, por su población y por su expandimiento ferroviario.
“Suele haber, sin embargo, un cierto prejuicio con los extranjeros—arguye, con cierta amarga ironía.—La creencia de que nuestro único móvil es embolsar dinero, no siempre es razonable y justificada. Verdad es que nadie trabaja por amor al arte... Pero, puedo asegurarle que esta empresa colonizadora me ha costado muchos quebrantos en los primeros tiempos. ¿Que han reaccionado las perspectivas? ¿que después de tan rudo bregar debo recoger el fruto de mi empeñosa labor? No hay duda alguna. Pero, aun en el éxito, no se dirá que abandono a mis colonos...”
Y, a renglón seguido, nos muestra en su copiador, el documento de garantía subscripto a favor de una veintena de sus colonos, con el Banco de la Nación en General Pico, por una suma superior de 20.000 pesos en garantía de dinero para levantar las cosechas.
Cierto es que la recolección está ad-portas; que se anticipa un óptimo rendimiento—noviembre se desliza temprano y parejo.—Pero estos buenos augurios que pudieran desvalorizar la acción prestataria, frente a la pronta y segura recompensa, suelen ser humo de paja cuando ha de venir el granizo, las heladas y aun las fuertes lluvias de fines de primavera, verdaderos turbiones que malogran el trigo hasta en la misma parva. El colono no está seguro hasta que tiene su grano en las planchadas o lo ve alejarse en los vagones del tren.
La colonia de que hablamos lleva el nombre simbólico de La Espiga de Oro. Su éxito, formalizado en estos tres últimos años, ha dado pie a la organización de otras colonias vecinas tributarias de la estación Winifreda: La Delfina, La Paz, Santamarina, etc. Actualmente La Espiga de Oro tiene bajo cultivos una superficie de 20.000 hectáreas, siendo sus colonos, alemanes católicos y protestantes.
Fueron treinta las familias fundadoras de este campo. De entonces acá, los años han tenido sus veleidades. Los últimos cinco pueden significarse por dos cosechas malas y tres buenas. Se dijera que el complemento del ferrocarril, estableció, en definitiva, la bonanza de la región. Actualmente ocupan la colonia 108 familias, subarrendatarios que pagan como locación el 16% de la cosecha, con contratos por cinco años y por lotes de 100 a 300 hectáreas.