III
Nacimiento de Lucrecia.—Su educación encargada a Adriana Milá.—La religión.—Las lenguas y letras clásicas.—Las mujeres italianas del Renacimiento.—Las Claras Mujeres de Jacobo de Bérgamo.—Los conocimientos de Lucrecia según el biógrafo de Bayard.—Sus retratos.—Las medallas de Filippino Lippi y Caradosso.—Los cuatro retratos que Yriarte supone reproducción del único retrato de Lucrecia, obra de Dossi.—La placa de plata del arca de San Maurelio.—La Schiavona, del Tiziano.—La Santa Catalina, del Pinturicchio.—Lucrecia según la describieron sus contemporáneos.—Los áureos cabellos de Lucrecia.—Su dulzura y su gracia.—La alegría de los Borjas.—Sus dos pasiones, según Catalano: el flirt y las fiestas.—Su afición a los trajes y las joyas, y su rivalidad con Isabel de Este.—Carácter opuesto de las dos cuñadas.—Las fiestas y diversiones de la Corte de Ferrara.
Nació Lucrecia en Roma, el 18 de Abril de 1480, según el documento valenciano de sus esponsales con don Cherubín Joan de Centelles, hermano del Conde de Oliva[45], fecho el 26 de Febrero de 1491, en el cual se expresa que el matrimonio se llevaría a cabo en el mes de Abril del año 1492, en que cumplía Lucrecia, el día 18, los doce años. Y el Papa Alejandro VI, en una conversación que tuvo con el agente del Duque Hércules de Ferrara, y que éste refiere en despacho de 26 de Octubre de 1501, díjole que la Duquesa (Lucrecia) cumpliría en el siguiente Abril veintidós años. Esto no obstante, Pastor, siguiendo a L’Epinois y a Citadella, le echa un par de años más, dándola por nacida en 1478.
Educóse en casa de Adriana Milá, hija de Pedro Milá, primo hermano del Cardenal Borja, y mujer de Ludovico Orsini, señor de Bassanello, de quien tuvo a Orsino Orsini, el Tuerto, marido de Julia Farnesio. Gozó Adriana de gran valimiento con su tío el Cardenal, aun antes de ser suegra de la Bella, y lo atribuye Gregorovius a que había ya mediado en otras intrigas y aventuras de Rodrigo y estaba al tanto de sus secretos y pecados. Pero la razón de que le confiara la educación de su hija predilecta debió ser porque Vannozza, concubina y madre ejemplar, no era mujer de letras ni había todavía adquirido, con el íntimo trato cardenalicio, esa culta gracia natural femenina, desenvuelta y perfeccionada, que se designaba entonces con la palabra latina pudor, y que hubo de poseer Lucrecia en alto grado.
No hay ningún dato que permita afirmar o suponer que estuvo de educanda en el convento de San Sixto, en la vía Appia, pues sólo se sabe que a él se retiró en 1498, cuando, separada de su primer marido, dió a luz un hijo cuya paternidad se atribuyó a Pedro Calderón, el primer Camarero de Su Santidad, y que pudo ser el infante romano Juan, reconocido por las dos Bulas de 1.º de Septiembre de 1501 como hijo de César y del Papa.
En la educación de toda mujer italiana entraba entonces, como ahora, en primer término, la religión, cuyas prácticas se consideraban esenciales y se guardaban ostensiblemente hasta por las más grandes y empedernidas pecadoras. Es, pues, seguro que tanto Vannozza como Adriana cuidarían de que conociese Lucrecia, desde su más tierna infancia, las verdades de nuestra santa religión y cumpliera todos los preceptos de la Iglesia. En esto mostróse Lucrecia siempre puntualísima, y mereció los elogios del Embajador de Ferrara en Roma, quien escribía al Duque que era no menos católica, temerosa de Dios e iba a confesarse en Nochebuena para comulgar el día de la Natividad.
Además de la religión, era base de la enseñanza, común a ambos sexos, el conocimiento de las lenguas clásicas y de los tesoros literarios, griegos y latinos, cultivando también las mujeres la elocuencia y la poesía, la música y el dibujo, a que, naturalmente, las convidaba el florecimiento de las Bellas Artes. Brillaron las mujeres italianas del Renacimiento por su superior cultura en varias disciplinas, siendo tanto más admiradas cuanto que no andaban reñidos el entendimiento y el saber con la belleza y con la gracia. Jacobo de Bérgamo, en el libro que escribió en 1496 sobre Las Claras Mujeres, cita, entre otras, a la veneciana Casandra Fedeli, que era a fines del siglo XV maravilla de su tiempo y tan maestra en Filosofía y Teología, que competía con los más doctos varones, y con ellos discutía públicamente en presencia del Dux Agustín Barbarigo, suscitando con su elocuencia y con su gracia el entusiasmo del auditorio. La bella mujer de Alejandro Sforza, de Pesaro, Constanza Varano, era también muy versada en poesía, elocuencia y Filosofía, trayendo siempre entre manos a San Agustín y San Ambrosio, San Jerónimo y San Gregorio y a Séneca y Cicerón. No fué menos erudita su hija Bautista Sforza, que casó con Federico de Urbino. La famosa Isotta Nugarola de Verona estaba también muy familiarizada con los Santos Padres, que tampoco les eran desconocidos a Isabel de Este y a Isabel Gonzaga. De Hipólita Sforza, la mujer de Alfonso II de Aragón, Rey de Nápoles, dice el de Bérgamo que reunía una cultura finísima, una maravillosa elocuencia, una belleza rara y un nobilísimo pudor femenino. Gran renombre alcanzó como poetisa Vittoria Colonna y de la Trivulzia, de Milán, que a los catorce años llamaba la atención por su elocuencia; dícese que cuando los padres se dieron cuenta de las extraordinarias dotes de la niña, que tenía apenas siete años, la dedicaron a las Musas para que éstas la educaran.
LUCRECIA BORJA
Medalla de Filippino Lippi.