No sabemos si Julia era naturalmente rubia o si debía la dorada cabellera a alguna lexía para enruviar, como la que recomendaba Celestina, o a alguna de las recetas a far capelli biondi come oro de las que juntó en sus Experimenti Catalina Sforza, la señora de Forli. En cuanto a los decantados áureos cabellos de Lucrecia, aunque los autores del libro Les femmes blondes selon les peintres de l’école de Venise, los Sres. Baschet y Feuillet de Conches[54], la citen con Beatriz de Este y Juana de Aragón, como las tres únicas rubias verdaderas, no cabe duda de que había nacido morena, como era natural lo fuera, siendo hija de un valenciano[55] y una transteverina, y de que se teñía el pelo cada cinco días por lo menos, y cuando dejaba pasar una semana sin lavarse la cabeza quejábase de dolores que pudieran atribuirse a la mala condición del tinte. Cada cinco días tuvo que detenerse en su viaje de Roma a Ferrara, que duró veintisiete, y porque una vez transcurrió una semana sin haberse lavado la cabeza, hubo de dolerle, y se retrasó con este motivo la llegada a Ferrara.
Bernardo Zambotto, que la vió en Roma el día de su boda con Alfonso de Este, escribía: «Tiene veinticuatro años (tenía dos menos), es bella de cara, tiene hermosos ojos despiertos, es derecha de cuerpo y de estatura regular.» Cagnolo, que aquel día asistió a la ceremonia en representación de Parma, la describe: «De estatura mediana, esbelta; la cara más bien larga, la nariz bella y bien perfilada, los cabellos dorados, los ojos blancos, la boca un poco grande, los dientes relucientes, el pecho firme y blanco, ornato con decente valore: todo respiraba en ella la alegría y la sonrisa.» Si Cagnolo calificó de blancos los ojos de Lucrecia fué porque el blanco del ojo debió llamarle más la atención que el color de la pupila, pues hubiera dicho que eran azules o negros si hubiesen sido decididamente de uno u otro color. El preferido de los griegos y de los italianos, según el florentino Firenzuola en su tratado Della perfetta bellezza di una donna, eran los ojos blancos con la pupila castaña. El color de los ojos de Lucrecia acaso fuera gris, pero desde luego no muy marcado, porque ninguno de los muchos poetas que cantaron en Ferrara su dulce mirar hizo mención del color de sus ojos[56]. Fijándose Yriarte en estas descripciones y en los retratos que tiene por auténticas copias del de Dossi, nos la pinta así: «La cara era llena, sin rasgos bien definidos; los ojos grandes, blancos, muy abiertos y distantes de las cejas, y almendrados de forma; la frente lisa y muy descubierta; el mentón entrante, que fué redondeándose cuando engordó con los años. En lo físico, como en lo moral, resulta algo dulce, blando, sin voluntad ni arranques, sin exaltadas alegrías y sin cóleras terribles, una mujer sin nervios, incapaz de oponerse al destino que la hace, en manos de Alejandro y de César, un instrumento demasiado dócil.»
La dulzura y la gracia constituían el principal encanto de Lucrecia, además de la ingénita alegría heredada del padre, que caracterizaba a todos los Borjas. No heredó la lujuria paterna, que hubiera hecho de ella una ménade; pero mujer, al fin y al cabo, flaca de voluntad y no desprovista de temperamento, no pudo resistir a las tentaciones y a ellas sucumbió, debiendo parecerle sus amorosos lances pecadillos de poca monta, acostumbrada a los que cometían sin recato alguno cuantos la rodeaban.
La escasa fortuna que tuvo en sus dos primeros enlaces matrimoniales, disuelto el de Sforza por la supuesta impotencia del marido, y el segundo por el asesinato de D. Alfonso de Aragón, obra de César, no turbó en ella la alegría de vivir y pasó a terceras nupcias con Alfonso de Este, sonriente y regocijada, sin que la amedrentara la suerte que cupo en la Corte de Ferrara a la infeliz y enamorada Parisina. Y tanto bailó la noche que se publicó en Roma la noticia de la concertada boda, que tuvo un acceso de fiebre que la obligó a guardar cama el día siguiente.
Tampoco la afligió grandemente la muerte del Duque de Gandía ni la de Pedro Calderón, el Perotto, Camarero de Su Santidad, asesinados ambos por orden o por mano del Cardenal de Valencia. Otras eran o debían ser, en aquellos momentos, sus preocupaciones, porque anulado ya su matrimonio con Sforza, de quien estaba hacía tiempo separada, dió a luz un hijo que tuvo, según se dijo, por obra del tal Perotto y que creemos fuera el infante romano Juan, reconocido, cuando tenía tres años, por dos Bulas del 1.º de Septiembre de 1501, como hijo primero de César y luego del propio Papa habido en mujer soltera.
Gregorovius y los ferrareses pretenden hacer de Lucrecia dos mujeres distintas: la Lucrecia romana, que viviendo en la Corte de Alejandro VI fué acaso pecadora, sin que de sus pecados haya noticia cierta, y la Lucrecia, Duquesa de Ferrara, dechado de virtudes, que vivió adorada por sus vasallos y murió casi en olor de santidad.
Las dos pasiones de Lucrecia, dice Catalano, fueron el flirt y las fiestas. Respecto al flirt cree que las relaciones amorosas de la Duquesa con el veneciano Bembo y con su cuñado el Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga, el marido de Isabel de Este, acreditadas por cartas fehacientes, fueron pecados de pensamiento y de palabra, que no llegaron a ser obras; pero fuera o no un mero flirt, que de ello hablaremos en su lugar, resulta desde luego evidente que Lucrecia era naturalmente enamoradiza y que en Ferrara dió al corazón, por lo menos, lo suyo, cuidando de no comprometer su reputación y la honra del marido, porque si bien éste, como joven, anduviese de día buscando su placer en varias partes, y hacía muy bien, según decía Su Santidad, era hombre capaz, si se creía afrentado, de tomar cruenta y cruelísima venganza.
La otra pasión de Lucrecia, no menos femenina, pero mucho más inocente, era la de los trajes, las joyas y las fiestas. En Roma competía en el vestir con su cuñada Sancha; pero en Ferrara la competencia fué más seria, porque la entabló con otra cuñada, Isabel de Este, que pasaba por ser la mujer más elegante de Italia y por tal se la tenía también en Francia, donde la moda no había todavía sentado sus reales para ejercer desde allí, sobre todas las partes del mundo, un perdurable imperio.
Isabel, como mujer honrada a carta cabal, y religiosa, había visto con malos ojos la boda de su hermano Alfonso con la hija del Papa, sobre cuyas costumbres llegaron hasta Ferrara y Mantua las voces poco halagüeñas que corrían en Roma. Mas se resignó, sabiendo que obedecía a la razón de Estado que aconseja tales enlaces entre Príncipes, soliendo los italianos mitigar sus rigores con alguna bella y complaciente amiga, que les ayudaba a soportar el matrimonio y contribuía al aumento de la familia con una abundante prole de reconocidos bastardos, y esto sucedía en todas partes, en Roma y en Nápoles, y en Milán, y en Florencia, y en Ferrara. Las relaciones de Isabel de Este y Lucrecia Borja fueron siempre corteses, pero nunca llegaron a ser amistosas, porque lo estorbaba el opuesto carácter de las dos cuñadas. La Marquesa de Mantua era la encarnación del Renacimiento triunfante. Su prodigiosa actividad se ejercitaba en múltiples y variadas esferas. Poseída de una insaciable curiosidad, quería saberlo todo, verlo todo, hacerlo todo. Ocupábase en los negocios de Estado, supliendo las deficiencias del marido y concibiendo la política, como se practicaba entonces en Italia, para vivir al día, que no era poco, dados los revueltos tiempos que alcanzó, desde la invasión francesa de Carlos VIII hasta el saqueo de Roma por las tropas del Emperador Carlos V, coronado después en Bolonia por el Papa Clemente VII. No sintió el arte, pero protegió a los artistas, que se llamaban Mantegna y Francia, Miguel Angel y Rafael, Lorenzo Costa y Perugino, Tiziano y Correggio, y con sus obras adornó el Paradiso y los Camerini del palacio de Mantua. Fué ardiente coleccionista de antigüedades y viajera infatigable, y cantó acompañándose con el laúd, e inventó trajes y cofias y empeñó a menudo sus joyas para sufragar las empresas bélicas del versátil Marqués o los caprichos artísticos de la Marquesa, y no dió a su espíritu ni a su cuerpo instante de reposo, ni dejó que el amor le robara momento alguno de su atareada vida. Y como era, además de amable, hermosa, tuvo muchos amigos y pocos enemigos, y la cantaron los poetas, y de ella hizo el Ariosto honrosa mención en su Orlando furioso.