Claro es que también obtuvo Lucrecia puesto no menos honroso en el poema del poeta ferrarés; pero desde luego se comprende que no congeniara ni pudiera competir con su cuñada de Mantua. No atraían a la hija de Alejandro las letras ni las artes: su biblioteca era exigua y copioso el inventario de sus ropas y alhajas. Su perezosa actividad no traspasaba los límites del cuidado de su persona y del cultivo de aquellas artes que, como la danza, contribuían a realzar su ingénita gracia y a conquistarle la admiración y el aplauso cortesano. Los trajes y las joyas eran su principal preocupación, y fué su mayor afán el empuñar el cetro de la moda, que estaba entonces en manos de la Marquesa de Mantua. En cuanto a las alhajas, túvolas en abundancia y muy valiosas, siendo su especial predilección las perlas. Su padre había dicho a los enviados del Duque de Ferrara, mostrándoles un cofrecillo lleno de perlas: Quiero que mi hija sea la princesa que en Italia tenga más perlas y las más hermosas. Y, por su parte, díjole el Duque de Ferrara que aunque no era tan rico como el de Saboya, podría enviar a su futura nuera joyas tan bellas como las de éste, y que tendría Lucrecia piedras preciosas más valiosas y en mayor número que las que había poseído la Duquesa su esposa. Y entre las alhajas que le regaló, cumpliendo lo ofrecido, figuró un collar de gruesas perlas que había sido de la Duquesa D.ª Leonor de Aragón[57]. Otro collar de brillantes y rubíes, también de su madre, lo vió Isabel, con tanto disgusto como envidia, ciñendo el cuello de su cuñada el día de su entrada en Ferrara.
Acostumbrada Lucrecia a las fiestas de la Corte pontificia, quiso renovarlas en la de Ferrara, tan luego como por el fallecimiento del Duque Hércules heredó sus Estados D. Alfonso. Encantaban a la nueva Soberana los saraos y los bailes, que le permitían lucir sus naturales gracias y sus trajes y joyas y recibir los homenajes y agasajos de sus amartelados admiradores, entre los que se encontraban, en primer término, Pedro Bembo y sus dos cuñados el Cardenal Hipólito de Este, que había cortejado también a D.ª Sancha, y por temor a César había huído de Roma, y el Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga. Con estas diversiones alternaban otras más groseras que para entretenerla le ofrecía el Duque, una de las cuales era la de mantear a unos cuantos infelices cortesanos, y para que el espectáculo resultara más regocijado, quiso una vez que se hiciera lo propio, no con hombres, sino con mujeres, y mandó traer a tres deshonestas meretrices, quienes al verse por los aires vigorosamente manteadas, lejos de atender al pudor y de pensar en arroparse, mostraron gratuitamente y sin el menor recato, a la escogida concurrencia, las herramientas de su oficio. Mas no se escandalizó la Duquesa de Ferrara, que cosas peores había visto en Roma.
IV
Las proyectadas bodas españolas de Lucrecia Borja con don Cherubín de Centelles y D. Gaspar de Prócida.—Su matrimonio con el Señor de Pesaro, Juan Sforza.—La ceremonia nupcial.—La boda del Duque de Gandía, D. Juan, con su cuñada Doña María Enríquez, viuda del primer Duque.—Consejos que le dió el Papa.—Celébrase la boda en Barcelona.—La de D. Jofre de Borja con D.ª Sancha de Aragón, hija natural del Rey Alfonso II de Nápoles.—Los Sforza.—Relaciones de la Corte de Milán con las demás de Italia.—El Señorío de Pesaro.—Lucrecia en Pesaro.—Ludovico el Moro abre las puertas de Italia a Carlos VIII de Francia.—Caen en poder de los franceses Julia Farnesio, su hermana Jerónima y su suegra Adriana Milá, y las rescata el Papa.—Carlos VIII en Roma.—Encamínase a Nápoles.—Fuga de César y muerte de Djem.—Fácil conquista de Nápoles y sus desastrosos efectos para el ejército francés.—La Liga contra Francia.—La batalla de Fornovo.—Regresa a Roma a fines de Octubre de 1495 Lucrecia, y en Mayo de 1496 hacen su entrada Jofre y Sancha.—Tres meses después llega de España el Duque de Gandía para capitanear el ejército pontificio en la campaña contra los Orsini, y es derrotado en la batalla de Soriano.—Asesinato del Duque de Gandía.—Dolor del Papa.—¿Quién fué el asesino?—Aunque no probada, parece probable la culpabilidad de César.—Cae en desgracia en el Vaticano el Señor de Pesaro.—Se declara nulo, por impotencia, su no consumado matrimonio con Lucrecia.—Del ofendido marido parte la acusación de incesto contra el Papa.
El grande amor que Alejandro VI profesó a los hijos que tuvo en la Vannozza, y especialmente a Lucrecia, hízole procurar, por toda clase de medios, el engrandecimiento y encumbramiento de los varones, al par que el de la hija predilecta, a quien buscó marido desde su más tierna edad, y sin que en el matrimonio contara para nada la voluntad de la contrayente. Trató primero de casarla en España con un D. Cherubín Joan de Centelles, Señor del valle de Ayora, en el Reino de Valencia, y hermano del Conde de Oliva[58], firmándose el contrato en Roma el 26 de Febrero de 1491, y como hasta el 18 de Abril de 1492 no cumplía ella los doce años, en el mes de Junio siguiente debía confirmarlo por palabras de presente. Ignórase el motivo de que quedara sin efecto este contrato; pero pocos meses después, el 30 de Abril de 1491, concertóse la boda de Lucrecia con otro noble español, don Gaspar de Prócida, Conde de Almenara, hijo del Conde de Aversa D. Juan Francisco y nieto de D.ª Leonor de Prócida y de Castelleta, familia que vino con la Casa de Aragón a Nápoles, donde afincó. El advenimiento de Rodrigo Borja al solio pontificio hizo que le pareciera don Gaspar poco partido para la hija del Papa, y el 8 de Noviembre de 1492 quedó disuelto el concertado enlace y anulado el 10 de Junio de 1498 por Breve de Su Santidad, en que se consideraba ilegal la disolución que por error y sin la suficiente dispensa indujo a Lucrecia a unirse en matrimonio con Juan Sforza; matrimonio que tampoco se había consumado y había sido declarado nulo; pero el Breve se expedía a solicitud de Lucrecia, para evitar escándalo, por haberse casado D. Gaspar con otra mujer de quien tenía sucesión.
El primer marido de Lucrecia fué el Señor de Pesaro, Juan Sforza de Aragón[59], hijo natural de Constanzo y nieto de Alejandro, hermano de Francisco, Duque de Milán, que en 1445 compró en 20.000 florines de oro el Señorío de Pesaro a Galeazzo Malatesta[60]. En 1490 había enviudado Juan de Magdalena Gonzaga, hermana del Marqués de Mantua Francisco I, y su tío el Cardenal Ascanio sugirió al Papa esta boda, que por los apellidos y parentescos del novio parecía ventajosa, y fué aceptada. Firmóse el contrato el 2 de Febrero de 1493, y el 9 de Junio hizo su entrada en Roma el Señor de Pesaro con una lucida comitiva, en la que figuraba el indispensable bufón Pedro Mambrino. La ceremonia nupcial se celebró el día 12 siguiente en el Vaticano, y están esencialmente de acuerdo en su descripción el Embajador del Duque de Ferrara, Juan Andrés Bocaccio, Obispo de Módena, y Pier Gentile de Varano, uno de los muchos corresponsales que hoy llamaríamos reporteros, de la Marquesa de Mantua, Isabel de Este. No asistieron más Embajadores que el dicho de Ferrara, el veneciano, el milanés y uno del Rey de Francia. La novia estaba lujosamente vestida y se adornaba con muchas joyas; pero quien entre las mujeres llamóles más la atención por su belleza fué Julia Farnesio, «de la que tanto se habla», dice Bocaccio; y el Varano, al nombrarla, añade: la quale invero e una bella cosa da vedere e dicessi essere la favorita del Papa. A la ceremonia religiosa siguió una égloga pastoral en honor del Papa, obra de Seraphin, y la comedia de Plauto Menechmes, «Los gemelos», en latín, que no gustó a Su Santidad y no dejó que se acabara. Bailaron luego las damas, «y con asistencia del Papa y de todos nosotros, dice el Obispo de Módena, se pasó la noche: si bien o mal, queda a juicio de Vuestra Señoría».
Apenas falleció D. Pedro Luis de Borja, primer Duque de Gandía, cuando el 28 de Agosto de 1488, según ya queda dicho, el Deán de Valencia D. Juan López, como Notario apostólico, otorgó poder a D. Francisco Prats para que, en nombre de D. Juan de Borja y como procurador suyo, se trasladase a España y firmase las capitulaciones matrimoniales con su cuñada D.ª María Enríquez, y en la propia fecha dispensaba el Papa Inocencio VIII los impedimentos de edad y parentesco. El 13 de Diciembre de aquel año se firmaron en Valladolid las nuevas capitulaciones, debiendo celebrarse el matrimonio in facie Ecclesiæ tres años después y obligándose los padres de doña María Enríquez a pagar la dote pasados treinta días de la consumación del matrimonio. Pasaron, sin embargo, cuatro años sin que el concertado enlace se llevase a cabo, por razones políticas o particulares del Rey D. Fernando; pero con la elevación de Rodrigo de Borja al solio pontificio cambiaron las cosas de aspecto. Pocos días después de la boda de Lucrecia, el 19 de Junio de 1493, llegó a Roma, para prestar la obediencia como Embajador de los Reyes Católicos, D. Diego López de Haro, «caballero de mucho valor y de los más señalados que hubo en su tiempo», según Zurita, el cual manifestó a Su Santidad que el nuevo Duque de Gandía sería bien recibido en la Corte de España y que le harían graciosa donación de un buen Estado. Regocijó esto al Papa, y el 2 de Agosto embarcó D. Juan en Civitavecchia, colmado de regalos, obra de los mejores orífices italianos y con el equipaje de un magnate, como se ve en el inventario escrito por Ginés Fira, de sus alhajas, ropas y otros objetos, que se conserva en el archivo de la Catedral de Valencia y ha sido publicado por el Sr. Sanchís y Sivera con otros interesantes Documentos y cartas privadas que pertenecieron al segundo Duque de Gandía[61]. Igualmente numeroso y escogido eran el personal y servidumbre que le acompañaba, compuesto de gentiles-hombres, pajes, mayordomos, camareros, escuderos, músicos, burberestador (desbravador) y el patje que porta les camises a la senyoria.