Entrególe el Papa a mano una carta llena de excelentes consejos y encargos, que reiteró en las instrucciones que hizo redactar a Mosén Fira, que como secretario había de acompañar al Duque. Debía oír misa todos los días; no ser mentiroso ni chismoso; servir con asiduidad y diligencia al Rey, la Reina, el Príncipe y los Infantes, ganándose sobre todo la voluntad de la Reina; guardarse de cualquier clase de juegos, especialmente el de dados, pues si los tocaba para jugar jamás volvería a verle la cara. Encargábale en las instrucciones que al llegar a Valencia fuese a besar las manos a su tía D.ª Beatriz de Arenós, guardándole cuantas atenciones pudiese, por ser dicha tía la única hermana de Su Santidad y persona de tanta virtud y merecer, y que tratase de granjearse su voluntad, porque tenía muchos bienes y no era cosa de que fuera a disponer de ellos en favor de alguna otra persona. Y siendo la intención de Su Santidad que regresase el Duque a Roma lo más pronto posible para servirle, consultaría con el Papa respecto a cuándo debía venir y si debía traer a la Duquesa si no estuviese preñada, pudiendo venir con ella D.ª Beatriz. Y en otra carta dábale instrucciones respecto al traje y joyas con que debía hacer su entrada en Barcelona, y le recomendaba que no se quitase los guantes hasta que llegase a Barcelona, pues la mar estropeaba las manos y debía cuidárselas, porque era cosa que en nuestra tierra se miraba mucho.
El 24 de Agosto se celebró la boda en Barcelona, y de ella daba cuenta Carlos Canale a un su amigo en los siguientes términos:
«Esperaban la llegada del Duque los más altos dignatarios de la Corte, e hizo su entrada en una mula parda, que le estaba preparada, guarnecida toda de brocado, y él suntuosamente vestido con un valioso collar de rubíes y un hermosísimo diamante en la gorra. Cabalgó entre el Infante de Granada y el Duque de Cardona, que lo acompañaron por la calle que llaman Larga hasta el palacio donde estaban el Rey y la Reina y el Príncipe su hijo. Cuando llegaron ante Sus Majestades se puso el Rey en pie y el Duque se arrodilló y le besó la mano, e hizo lo mismo con la Reina y habló a Sus Majestades dignamente. Y hecho esto, vino el Príncipe, que estaba en otra cámara del palacio, trayendo de la mano a la novia. El Duque se desposó con ella ante Sus Majestades, y no la besó, porque no es costumbre el besar, como se hace entre nosotros.»
De los consejos del Papa no hizo gran caso D. Juan, mozo a la sazón de diecisiete años, jugador, bebedor y mujeriego, y cuando llegó a noticia de Su Santidad que de los 2.600 ducados que llevara el Duque a mano había gastado 2.000 en el juego y en ribalderías, y que, lejos de haber consumado el matrimonio, en lo que ponía Alejandro gran empeño, había tenido abandonada a la Duquesa para andar de noche por la ciudad matando perros y gatos, acaso en compañía del Príncipe heredero D. Juan, con quien vivió bastante íntimamente tan luego como los reyes se marcharon, dejándole de lugarteniente general; airóse mucho el Papa e hízoselo así saber al Duque en carta de fin de Noviembre. Pero si no se corrigió el Duque en punto al gasto, pudo sí dar gusto a Su Santidad participándole, en 27 de Febrero siguiente, que ya estaba encinta la Duquesa.
Mientras en Barcelona se celebraba con regia pompa el matrimonio del Duque de Gandía, su hermano D. Jofre se desposaba por poder en Roma, el 16 de Agosto, con D.ª Sancha de Aragón, hija natural del Rey de Nápoles, D. Alfonso II, el Bizco, y hermana del Duque de Bisceglia, que había de ser el segundo marido de Lucrecia. El 11 de Mayo del año siguiente[62] el Cardenal Juan de Borja, Legado pontificio enviado a Nápoles para la coronación del Rey D. Alfonso, casaba de presente a Jofre, que sólo contaba trece años, con la hija del Monarca aragonés, que llevaba en dote el Principado de Squillace. El 20 de Mayo de 1496 hicieron su entrada en Roma, él vestido a la española y ella a la napolitana. Era él, según Scalona, moreno de cara y de mirada lasciva, el pelo largo y tirando a rojo, y pareciendo tener catorce o quince años. Ella, que cabalgaba entre Lucrecia y el Embajador de España, aparentaba tener unos veintidós años (aunque no pasaba de los diecisiete), era naturalmente morena, de ojos glaucos, nariz aguileña y con una buena mano de colorete. Fué el matrimonio de Jofre infelicísimo, y según pública voz de que se hizo eco un Embajador ferrarés, no llegó nunca a consumarse, y no porque pecara de esquiva la hermosa y enamoradiza Sancha, que después de haber otorgado sus favores al Cardenal de Valencia, no supo negarlos al Duque de Gandía, y a celos de rivales y envidias de hermanos atribuyóse el fratricidio.
No alcanzó Lucrecia mayor ventura, si bien por distintos motivos que su hermano Jofre, en su matrimonio con el Señor de Pesaro. Con título de Duques gobernaban los Sforzas a Milán desde que en 1540 vino a señorearla Francisco Sforza, uno de los más grandes capitanes de su tiempo, tipo cabal del condotiero italiano del siglo XV, que sirvió con igual celo a los Visconti contra los venecianos y a éstos contra aquéllos, y casó con Blanca Visconti, última descendiente de los Visconti milaneses. Tuvo Francisco veinte hijos, once de ellos bastardos, y entre los legítimos a Galeazzo María, casado con Bona de Saboya, que le sucedió y murió asesinado; a Hipólita, esposa de Alfonso II de Nápoles, que gozó fama de culta entre las mujeres italianas del Renacimiento; al Cardenal Ascanio, que más de una vez estuvo a punto de ser Papa, y a Ludovico el Moro, que casó con Beatriz de Este[63], hija del Duque Hércules de Ferrara y de D.ª Leonor de Aragón, hermana de Alfonso II, e hizo de la Corte de Milán una de las más renombradas y fastuosas de Italia. Cuando en 1493 se desposó con Lucrecia Juan Sforza, reinaba nominalmente en Milán Juan Galeazzo, el nieto de Francisco, casado con su prima hermana Isabel de Aragón, la hija legítima de Alfonso II, que no sin razón se firmaba Isabella d’Aragonia Sforcia, unica en disgrazia; pero quien en verdad reinaba era el entonces Duque de Bari, Ludovico el Moro, que a la muerte de su sobrino Juan Galeazzo, atribuída a un veneno, y que pudo ser mero efecto de la gula, usurpó la corona que correspondía a Francisco, el hijo del difunto, que se llevó después Luis XII a Francia, y allí murió sin sucesión y muy mozo de una caída de caballo en una cacería. Aunque eran los Sforzas de cuna modestísima, se ennoblecieron con la espada y el tálamo y emparentaron, directa o indirectamente, con los soberanos de las más famosas cortes italianas, y hasta con el Emperador y con el Papa. Con la de Nápoles, por los repetidos enlaces mencionados; con la de Mantua, en que brillaba Isabel de Este, mujer del Marqués Francisco Gonzaga y hermana de Beatriz; con la de Ferrara, por el matrimonio de Alfonso I de Este, el tercer marido de Lucrecia, que casó en primeras nupcias con Ana Sforza, hermana de Juan Galeazzo. La hermana de Ana, Blanca María, fué la segunda mujer del Emperador Maximiliano, y su media hermana Catalina, una de las hijas bastardas de Galeazzo María, mujer primero de Jerónimo Riario, Conde de Forli, después de Jacobo Feo de Savona y, por último, de Juan de Médicis, de quien tuvo a Juan de Médicis, Capitán de las Bandas Negras, adquirió fama de hembra casi virago y de gran ánimo[64], y cuando se vió sitiada en Forli por los asesinos de Riario, que para rendir la fortaleza en que se había refugiado, la amenazaron con dar muerte a sus hijos, que tenían en rehenes, portóse como el más esforzado varón, y lejos de ocultar su sexo, hizo de él deshonesto alarde desde la muralla, para que los sitiadores vieran que no habían de faltarle hijos, como, en efecto, los tuvo de sus dos sucesivos maridos.
Estrechas fueron también las relaciones de la Corte de Mantua con la de Urbino, a la que dió tanto renombre el Conde Baltasar Castellón con su libro El Cortesano, primorosamente traducido al castellano por Boscán. El Duque Guidobaldo, último de los Montefeltro, casó con Isabel Gonzaga[65], cuñada de la gran Marquesa Isabel de Este, y la hija de ésta, Leonor Gonzaga, fué después Duquesa de Urbino por su enlace con Francisco de la Rovère, sobrino e hijo adoptivo de Guidobaldo, que murió sin sucesión. Otra hermana de Guidobaldo, Inés, se desposó con Fabrizio Colonna y tuvo por hija a la famosa poetisa Victoria Colonna, Marquesa de Pescara, que entre sus muchos e ilustres amigos contó a Miguel Angel, y le inspiró no pocos madrigales y sonetos. Disfrutó asimismo en Urbino de la hospitalidad de aquellos Duques, tan amantes de las letras y las artes, el desterrado Julián de Médicis, hijo de Lorenzo el Magnífico y hermano del Cardenal Juan, que fué luego León X; hombre flaco de suyo, y a mayor flaqueza reducido por el frecuente comercio con las damas, una de las cuales le hizo en Urbino padre del célebre Cardenal Hipólito, tan admirablemente retratado por Tiziano. Este comercio, aún más que el trato con Castellón, Bembo y otros discípulos de Apolo, de que hablaba Ariosto en una de sus sátiras, hacíale el destierro más humano. Vuelto a Florencia en 1512, fué Capitán general y Gonfaloniero de la Santa Iglesia, y después Duque de Nemours por su matrimonio con Filiberta de Saboya, tía de Francisco I, Rey de Francia. No olvidó Julián la hospitalidad de Urbino, y mientras vivió, cediendo a sus ruegos, se abstuvo León X de realizar su propósito de despojar a Francisco de la Rovère del Ducado para dárselo a su sobrino Lorenzo, hijo de su hermano mayor Pedro y de la ambiciosa Alfonsina Orsini, a quien casó con Magdalena de la Tour d’Auvergne, hija del Conde Juan de Boulogne, que por su madre Catalina de Borbón estaba emparentada con la Casa Real de Francia. Murió Magdalena al dar a luz a Catalina de Médicis, esposa de Enrique II y madre de tres Reyes, y pocos días después falleció Lorenzo del mal francés que padecía.
El Señorío de Pesaro era uno de los menos importantes de las Marcas. La antigua Pisaurum, ciudad edificada, según se dice, por los sículos, que de España pasaron a Sicilia, tomó su nombre del río, que hoy se llama Foglia, a cuya orilla derecha se extiende hasta el mar en un risueño y espacioso valle. Fué colonia romana, y a la caída del Imperio corrió la suerte de las demás ciudades italianas: Vitiges la destruyó; Belisario la reedificó, e incorporada al Exarcado, formó la Pentápolis con otras cuatro ciudades sobre el Adriático: Ancona, Fano, Sinigaglia y Rimini. Pasó a ser longobarda cuando se apoderó Astolfo de Rávena y luego al poder del Papa por donación de Pepino y Carlomagno. Se hicieron después Señores de Pesaro los Malatesta, que lo eran de Rimini, y por un tratado de tiempo del Cardenal Gil de Albornoz quedaron reconocidos como Vicarios de la Iglesia. Establecióse en Pesaro una rama secundaria de los Malatesta, hasta que, viéndose amenazado Galeazzo Malatesta por su pariente Gismundo, y no teniendo fuerzas con que defenderse, vendió en 1445 la ciudad en 20.000 florines de oro, según se ha dicho, a Francisco Sforza, que la cedió a su hermano Alejandro, casado con una sobrina de Galeazzo.
El 8 de Junio de 1494 hizo Lucrecia su entrada en Pesaro bajo una lluvia torrencial que deslució el recibimiento que le tenían preparado sus vasallos y no permitió a la bella y risueña ciudad presentarse como tal a los ojos de la nueva Señora, que debió encontrar también harto modesto el palacio en que se alojó, comparándolo con los que había habitado y visto en Roma. Dice, sin embargo, Gregorovius, que si en su matrimonio con Sforza gozó Lucrecia la felicidad de la vida, fué ciertamente en los días que pasó en Pesaro, que la hicieron vivir como reina de un pastoral idilio; pero quizás ella misma, añade, empezó a encontrar monótona y vacía su existencia en Pesaro, sobre todo por las frecuentes ausencias del marido como condotiero del Papa y de los venecianos. Parécenos que la imaginación de Gregorovius, que unas veces suple y otras desfigura la copiosa documentación, no siempre fielmente transcrita, que acompaña la historia de Lucrecia Borja, estuvo más acertada al suponer que Lucrecia se aburría soberanamente en Pesaro, que no al pintarla feliz con su marido y echándole de menos cuando los deberes militares le obligaban a ausentarse; porque no bastan su indolente pasividad y su absoluta sumisión a la voluntad paterna para explicar y justificar su conducta respecto a Sforza en el proceso de anulación del matrimonio. Era Lucrecia apegadísima a los suyos, parientes y españoles. A Ferrara la acompañaron como damas dos Borjas, Jerónima y Angela, hermanas del Cardenal Juan de Borja, el Joven, y entre las españolas que llevó a Pesaro iba Juana López, sobrina del Datario y después Cardenal Juan López, que allí casó con Juan Francisco Ardizio, médico y confidente de Juan Sforza.
Debió éste a la desmedida ambición de su tío Ludovico la mayor de sus desventuras. Llamado por el Moro entró en Italia Carlos VIII, el 3 de Septiembre de 1494, a la cabeza de un poderoso ejército, con el propósito de conquistar a Nápoles. Dos años duraron, para preparar esta guerra, las negociaciones de la Corte de Milán con la de Francia y las demás de Italia, negociaciones que fueron el origen netamente italiano de la diplomacia moderna y en las que rayó a tal altura la habilidad del Moro, que su nombre hízose verbo, y se llamó entonces ludovicheggiare el arte de la intriga en que parecía el milanés maestro, así como el nombre de Maquiavelo adjetivándose tomó carta de naturaleza en todas las lenguas y hasta en nuestros días sirve para designar la poco escrupulosa astucia florentina. Contaba a la sazón Carlos VIII unos veinticuatro años y no valía gran cosa, ni de cuerpo ni de espíritu, a juicio de los Embajadores venecianos, siendo pequeñuelo y mal formado, feo de cara, con ojos abultados que debían ver poco, nariz aguileña más grande y gorda de lo debido, boca de labios gruesos siempre abierta, con un movimiento espasmódico de la mano muy desagradable, y tardo y confuso de palabra. Halagábale la idea de la conquista de Nápoles, porque creía que quedaría así la Italia bajo su dominio y el Papa dependiente de nuevo de Francia, y que vendría él a ser señor de Europa. Los primeros pasos de Carlos VIII en Italia acrecentaron sus ilusiones, pues apenas encontraron sus tropas seria resistencia, y las pocas guarniciones que se defendieron fueron pasadas a cuchillo, sin perdonar a los inermes viejos, mujeres y niños. El 17 de Noviembre entró lanza en ristre, al frente de su ejército, en Florencia, y el 28 abandonó la ciudad, encaminándose a Roma, no sin haber antes robado los franceses, según Commines, cuanto pudieron del tesoro de antigüedades juntado por los Médicis, que había ya sufrido el previo saqueo de la plebe.