Había el 22 publicado un manifiesto dirigido a la Cristiandad, en que declaraba no ser su ánimo el hacer conquistas, sino el libertar del poder de los turcos los Santos Lugares, para lo que iba a tomar posesión del reino de Nápoles, que le correspondía, y sólo pedía al Papa el paso por los Estados de la Iglesia, que si le fuese negado obtendría por la fuerza, a pesar de las tristes consecuencias a que esto pudiera dar lugar, amenazando, de una manera apenas velada, con la reunión del Concilio y la deposición de Alejandro VI.
Con tal rapidez caminaron los franceses, que en sus manos cayeron Adriana Milá, Julia Farnesio y su hermana Jerónima, mujer del florentino Giannozzo Pucci, que salieron de Capodimonte para reunirse en Viterbo con el Cardenal. Lleváronlas a Montefiascone con las veinticinco o treinta personas que componían su comitiva, y el Capitán Ives d’Allegre dió parte al Rey, que no quiso ver a la bella Julia, por cuyo rescate pidió el Capitán tres mil ducados. Consternado el Papa, acudió al Cardenal Ascanio Sforza y a Galeazzo de San Severino[66] para que intervinieran cerca de Carlos VIII, el cual dió orden de que fueran puestas en libertad aquellas damas. Escoltadas por cuatrocientos franceses llegaron, el 1.º de Diciembre, a las puertas de Roma, donde se hizo cargo de ellas el Camarero de Su Santidad, Juan Marrades, y el Papa salió a su encuentro vestido de jubón negro, listado de brocado de oro, una bella faja a la española, con puñal y espada, botas españolas y gorra de terciopelo muy galana. Cuando lo supo Ludovico censuró a su hermano y a San Severino por haber contribuído a la restitución de aquellas mujeres, que eran el corazón y los ojos del Papa, y por cuyo medio se hubiese de él obtenido cuanto se quisiera, pues no podía vivir sin ellas. Los franceses no habían sacado más que tres mil ducados por el rescate, cuando el Papa hubiese dado más de cincuenta mil.
Llegó Carlos VIII a Roma, según lo había anunciado, a fines de Diciembre; y el día de San Silvestre, declarado fausto por los astrólogos, hizo su entrada en la Ciudad eterna por la puerta del Pueblo y la vía Lata, el actual Corso. Seis horas, de las tres a las nueve, duró el desfile del lucido ejército francés, a cuya cabeza marchaban, armados de picas y alabardas, los gallardos mercenarios suizos y tudescos, seguidos de los ballesteros gascones, los arqueros escoceses, la caballería pesada y ligera, los treinta y seis cañones de bronce de grueso calibre, con las culebrinas y falconetes, siendo esta artillería la que más honda impresión produjo en los romanos. Cabalgaba el Rey entre el Cardenal Ascanio Sforza y el de la Rovère, y tras él venían otros seis Cardenales; D. Próspero y don Fabricio Colonna, con todos los Generales italianos, entremezclados con los altos dignatarios y nobles franceses, que le acompañaron hasta el Palacio de San Marcos, que se le destinó como alojamiento.
Empezaron luego las pláticas. Pretendía Carlos que le entregara el Papa el castillo de Sant’Angelo y a Djem, el hermano del Sultán, y que César Borja le acompañara como legado; es decir, como rehén, hasta Nápoles. A la entrega del castillo negóse el Papa, y en él se encerró con seis Cardenales y la guardia española, que mandaba su sobrino Rodrigo Borja, hermano del Cardenal Juan. Los cinco Cardenales que rodeaban constantemente al Rey, y sobre todo, Ascanio Sforza y Julián de la Rovère, enemigos entrambos del Papa, y entre sí no menos enemigos, insistían en que se convocase el Concilio para la reforma de la Iglesia y la deposición de Alejandro VI como simoníaco. La palabra reforma, como reconoce el propio Commines, no era más que un pretexto, y en cuanto a la simonía, siendo la acusación fundada, no parecía el más indicado para formularla el Cardenal Ascanio, que había sido el trujamán de la feria. Asestados los cañones contra el castillo, que hubiera podido ser fácilmente batido, y convencido de ello el Papa, decidióse a capitular, y el 15 de Enero de 1495 se firmó un convenio, cuyas principales condiciones fueron que César siguiera al ejército francés durante cuatro meses, que Djem quedase en poder del Rey mientras peleaba contra los turcos; que el castillo de Sant’Angelo continuase en poder del Papa, y que el Rey prestase obediencia al Papa y no le molestase en cosa alguna espiritual ni temporal, antes bien, le defendiese contra cualquier ataque. Ratificado el convenio y prestada en consistorio la obediencia, tomó Carlos VIII el camino de Nápoles, con gran satisfacción de los romanos, que habían tenido que mantener y soportar un ejército numeroso, cuyos discordes elementos eran harto levantiscos e indisciplinados, y con no menor alegría de Alejandro VI, que había salido con bien del más apretado lance de su vida, en que tan a punto estuvo de perder la tiara.
En Velletri, los Embajadores del Rey Católico formularon sus quejas y protestas, y no habiéndolas atendido el francés, D. Antonio de Fonseca rasgó los capítulos del convenio hecho con Francia y arrojó los pedazos a los pies del Rey. Pidiéronle que dejase en libertad a César, pero éste cuidó de recobrarla por sí mismo y desapareció de Velletri, disfrazado de palafrenero, sin cuidarse del bagaje, cargado en diecisiete mulos; mas cuando se abrieron los baúles, que debían contener sus ropas y enseres de casa, porque la plata había quedado rezagada, halláronlos vacíos los franceses.
Otro contratiempo fué la repentina muerte de Djem, natural efecto de su licenciosa vida; pero aunque en nada pudo aprovechar al Papa, atribuyóse al veneno de los Borjas.
La campaña de Nápoles se redujo, para los franceses, a un triunfal paseo. El Rey Alfonso abdicó en su hijo Fernando II (Ferrantino) y se refugió en Sicilia, adonde también vino a parar el nuevo Rey cuando entró Carlos VIII en la ciudad de Nápoles. No volvió a hablarse de la cruzada contra los turcos, ni el Rey de Francia pensó más que en gozar de aquel paraíso terrenal, poblado de seductoras Evas, que con toda clase de frutas le tentaban[67]. Y si a la tentación sucumbió el Rey, con harta más facilidad hubieron de rendirse sus capitanes y soldados, que, como buenos hijos de Marte, sentían la poderosa atracción de Venus. No les fué, sin embargo, benigna la alma Diosa: el implacable mal que cantó Fracastoro[68] hizo en los invasores gran estrago, y de él no se libraron Reyes ni Papas.
Mientras Carlos VIII y su ejército campaban en Nápoles sin cuidarse del resto de Italia, Ludovico el Moro, arrepentido de haber traído a los franceses y ofendido de la altanería con que el Rey le había tratado, dió oídos a los venecianos y entró en la Liga contra Francia, que formaron con el Papa los Reyes Católicos y el de Romanos, que fué luego el Emperador Maximiliano, dándosele el mando del ejército al Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga. Alzáronse también los napolitanos, cansados del mal gobierno extranjero, y el 20 de Marzo tuvo Carlos que emprender la retirada. Quiso, a su paso por Roma, ver al Papa; pero Alejandro esquivó la entrevista, yendo primero a Orvieto y luego a Perugia. El 6 de Julio se encontraron los dos ejércitos en Fornovo, junto al Faro, y trabaron reñidísima batalla, atribuyéndose ambas partes la victoria: los italianos, porque quedaron dueños del campo, y los franceses, por haber conseguido su propósito de abrirse paso. Aprovechó la ocasión el Moro para hacer, el 9 de Octubre, en Vercelli, las paces con Carlos VIII, prescindiendo de los venecianos, con lo que creyó verse libre de unos y de otros, y sólo logró enemistárselos más hondamente.
Estando en Perugia el Papa hizo venir a Juan Sforza, que llegó con su mujer el 16 de Junio de 1495, pasó allí cuatro días y se volvió a Pesaro. Había estado Sforza a sueldo de los venecianos; pero no se le vió en la batalla de Fornovo ni en el sitio de Novara, y hechas las paces en Vercelli regresó a fines de Octubre a Roma con Lucrecia.