La noticia de lo acaecido a los Duques de Urbino produjo penosa impresión, tanto en Mantua como en Ferrara, y aun entre los mismos españoles, y Lucrecia mostró gran disgusto recordando las atenciones que con ella había tenido Isabel Gonzaga. A la de Este lo que más le preocupó no fué la triste suerte de sus desposeídos cuñados, sino el obtener del Valentino, por medio del Cardenal Hipólito, que vivía en Roma en estrecha amistad con César, «dos estatuas, una Venus antigua de mármol, pequeña, pero muy buena, y un Cupido, de Miguel Angel, regalo del Duque de Romaña, que estaban en el Palacio del de Urbino, y con las que ella quería adornar su estudio»; y, en efecto, pudo satisfacer este deseo, habiéndoselas César regalado.

Desde Urbino le escribió a su hermana Lucrecia, participándole la toma de Camerino, que creía le sería muy grata, y el 28 de Julio se presentó en Ferrara disfrazado y acompañado de cinco caballeros, permaneciendo sólo un par de horas, de paso para Lombardía, donde iba a avistarse con el Rey de Francia. Durante su ausencia, y no a su gusto, dispuso Alejandro VI de la conquistada Camerino, erigiéndola en Ducado, que otorgó, el 2 de Septiembre de 1502, al infante romano Juan de Borja, investido ya del Ducado de Nepi, y cuyos bienes administraba el Cardenal de Cosenza, Francisco de Borja. Tomó entonces el Valentino el título de César Borgia de Francia, por la gracia de Dios, Duque de Romaña, de Valenza (Valence) y de Urbino, Príncipe de Andría, Señor de Piombino, Gonfaloniero y Capitán General de la Iglesia.

Pero mientras César soñaba con acrecentar sus Estados con Bolonia y la Toscana, lo que no pudo lograr por el veto de Francia, los condotieros que capitaneaban sus tropas, para no ser devorados uno a uno por el dragón, como escribía Juan Pablo Baglioni al Conde de Montebiviano, último Podestá de Florencia, resolvieron tomar las armas y rebelarse contra el Duque, pareciéndoles la ocasión propicia por verlo abandonado por el Rey de Francia. El 9 de Octubre reuniéronse en la Magione, cerca de Perugia, para acordar la Liga, y se obligaron a la común defensa, a no promover guerra sino de mutuo acuerdo, a levantar y sustentar un ejército de unos diez mil hombres, bajo pena de 50.000 ducados, y tacha de traidor a quien faltara a lo pactado. Acudieron en demanda de ayuda a Florencia y Venecia, y sin aguardarla entraron en campaña, levantándose en armas el Ducado de Urbino en favor de su antiguo Señor. Dióse cuenta César de la gravedad de la situación y despachó a Miguel Corella y a Hugo de Moncada con las tropas que le habían quedado fieles, las cuales, en Fossombrone, vinieron a las manos con los rebeldes, que alcanzaron un completo triunfo. Moncada cayó prisionero y Corella logró escapar a duras penas. No conoció límites el gozo de los vencedores. Volvió Guidobaldo de Montefeltro a Urbino, y a Camerino Juan María de Varano, el único sobreviviente de la familia. Pero ni Florencia ni Venecia se prestaron a intervenir en la contienda contra César, que obtuvo del Rey de Francia que le mandara unas cuantas lanzas al mando de Carlos de Amboise, Señor de Chaumont. Cambió esto por completo la situación, infundiendo un terror pánico en los conjurados el ver de nuevo al Valentino protegido por Francia. Optaron, pues, por entrar en tratos con el Duque y el 28 de Octubre juraron las paces, y en su nombre firmó Pablo Orsini un acuerdo por el que se obligaron a restituir a la obediencia a Urbino y Camerino, y el Duque prometió seguir teniendo a sueldo, a su servicio, a los Orsini y Vitelli, quedando el Cardenal Orsini libre de residir en Roma tan sólo cuando quisiese.

Se ha creído y dicho que Maquiavelo, a la sazón enviado de Florencia cerca del Duque de Romaña, servía a éste de guía y consejero; pero sus cartas prueban cuán errónea es esta opinión. Si no pecaba en los negocios de Estado el Secretario florentino por escrúpulos de conciencia, no era, sin embargo, de la índole cruel y sanguinaria de los hombres que le rodeaban, dispuestos siempre a la traición y al crimen y respetuosos sólo de la fuerza. Limitóse a tener enterado a su Gobierno de cuanto llegaba a su noticia, y a defenderse de las insidias del Duque, que si no era un gran Capitán ni un gran político, supo deshacerse de sus enemigos con una audacia grande y un arte infernal que le granjeó la admiración de Maquiavelo.

No se fiaba César de sus condotieros, a pesar de las paces, y habiéndose retirado las lanzas francesas que tanto le habían servido para amedrentarlos, reclutó unos dos mil quinientos hombres entre suizos y gascones, y con ellos tomó el camino de Sinigaglia, ciudad que pertenecía al Prefecto de Roma, Francisco María de la Rovère, niño de once años, en cuyo nombre gobernaba su madre, Juana, la hermana de Guidobaldo de Urbino, aconsejada por el tutor Andrés Doria. Viéndose éste amenazado por los ejércitos de los Orsini y de César, puso en salvo a la madre y al hijo, refugiándose en Florencia. Entraron en Sinigaglia Vitellozzo y los Orsini, y luego que lo supo el Duque les ordenó pusieran su gente fuera de las murallas, y él, con su ejército, llegó allí en la mañana del 31 de Diciembre. Salió primero a su encuentro Vitellozzo, y siguiéronle el Duque de Gravina, Francisco Orsini, candidato in petto de Alejandro VI a la mano de Lucrecia, Pablo Orsini, el suegro de Jerónimo Borja, y Oliverotto de Fermo, acompañándole los cuatro por las calles de la ciudad hasta la casa que se alojó, y entrados en ella, a una señal del Duque fueron presos y aquella misma noche murieron estrangulados por Micheletto, Vitellozzo y Oliverotto. Pocos días después perecieron también a sus manos los dos Orsini, Pablo y Francisco, cuando tuvo César noticia de que había sido preso en Roma el Cardenal Orsini, que murió en el castillo de Sant’Angelo, según pública voz, envenenado.

Este, que Pablo Jovio en su Vida de César Borja llamó bellísimo engaño de Sinigaglia, le valió los elogios de Maquiavelo y los plácemes de Estes y Gonzagas. La Marquesa Isabel le escribió una carta afectuosísima, a la que acompañaba un regalo de cien antifaces, sabiendo la afición que tenía el Duque a enmascararse. El Papa aguardaba con tanta impaciencia noticia de los progresos de César, que cuando le llegó la de su detención por algún tiempo en Cesena, andaba gritando fuera de sí: «¿Qué diablos hace allí?; le hemos escrito que se dé prisa», y en alta voz repitió tres veces, de suerte que todos le oyeron, hideputa bastardo, con otras palabras y blasfemias españolas[98]. El día de Año Nuevo, acabada la misa, llamó a los Embajadores y les comunicó la fausta nueva, añadiendo que el Duque, de cuya virtud y magnanimidad hizo el elogio, jamás perdonaba a quien le ofendía ni dejaba a otros la venganza.

Los audaces a quienes la fortuna, con razón o sin ella, otorga desmedidamente sus favores, padecen tarde o temprano sus desaires, y cuanto mayor es la altura a que subieron más grande y dolorosa es la caída. Así sucedió al soberbio y temido César Borja cuando creía próxima la soñada meta. Todo lo había previsto y calculado menos el encontrarse, a la muerte de Alejandro VI, postrado por la misma enfermedad e imposibilitado de hacer cosa alguna de las que tenía pensadas para cuando llegara el inevitable trance. Se dijo que habían sido envenenados el padre y el hijo en una cena con que les obsequió en su viña el Cardenal Adrián de Corneto, y que el veneno era el de los propios Borjas destinado al Cardenal, y que por error bebieron el Papa y César. Gregorovius no se atreve a negarlo ni a afirmarlo, y da el hecho todavía por incierto; pero el Diario de Burchard y los despachos del Embajador veneciano Giustinian, que diariamente participaba a la Señoría el curso de la enfermedad, prueban que Alejandro VI murió de la malaria o fiebre romana, siempre peligrosa en el mes de Agosto, y que en aquel año de 1503 se había presentado con mayor fuerza y causaba mayores estragos. La edad del Papa, que contaba entonces setenta y tres años, agravaba el mal, y aunque se le sangró copiosamente por temor a la congestión cerebral, de ella murió, al atardecer del día 18, después de haber confesado y comulgado. Durante su enfermedad no pidió noticias de Lucrecia ni de César, que estuvo en peligro de muerte, y de él escapó gracias a sus pocos años y robusta naturaleza. Cuando se supo el fallecimiento del Papa, entró en sus habitaciones Miguel Corella con unos cuantos hombres armados, y amenazando con un puñal al cuello al Cardenal Casanova, le obligó a entregar las llaves y el dinero del Papa, y así se apoderó, por orden y en nombre de César, de 100.000 ducados en moneda contante y de la plata labrada y alhajas, cuyo valor se estimaba en 300.000; pero olvidó que en una cámara contigua a la mortuoria estaban las tiaras preciosas, los anillos y los vasos sagrados, los cuales cayeron con cuanto encontraron a mano en las de la servidumbre pontificia. Terminado el saqueo, abriéronse las puertas, y se anunció públicamente la muerte del Pontífice.

De ella daba cuenta a su mujer el Marqués de Mantua, haciéndose eco de las voces que corrieron en Roma, y le decía que cuando Alejandro VI cayó enfermo, las personas que le rodeaban oyéronle decir: «Iré, iré; pero espera todavía un poco», y los que estaban en el secreto daban la explicación de que en el Cónclave, a la muerte de Inocencio, pactó con el diablo, comprando con su alma el Papado, que debía durar doce años. Había quien afirmaba que en el momento de expirar había siete diablos en la cámara, y en cuanto murió empezó el cuerpo a hervir y la boca a echar espuma, y así continuó hasta que le enterraron, hinchándose además de tal manera que no parecía cuerpo humano[99]. El Cartujano (Juan de Padilla) en su poema Los doce triunfos de los doce apóstoles, imitación de La Divina Comedia, coloca a Alejandro VI en el Infierno.

La noticia de la muerte se la comunicó a Lucrecia el Cardenal Hipólito. Fué para ella un duro golpe, no sólo por la entrañable devoción que la había siempre unido a su padre, sino por el desamparo en que su falta la dejaba en la Corte de Ferrara, donde no se había todavía adueñado ni del afecto de su marido ni del de su suegro. En la carta que éste escribió a Giangiorgio Seregni, en Milán, le manifestaba «que la muerte del Papa no le había disgustado, y que por el honor de Dios Nuestro Señor y por el bien universal de la cristiandad había deseado que la Divina Bondad y Providencia quisiese dar a la Iglesia un pastor bueno y ejemplar, que acabase con tanto escándalo. Por nuestra parte te diremos que, a pesar del parentesco de afinidad, es el Papa de quien menos favores hemos recibido, habiéndonos dado únicamente aquello a que estaba obligado. Fuera de esto, no nos complació en cosa alguna, ni grande, ni mediana, ni pequeña, y creemos sea por culpa del Duque de Romaña, que no habiendo podido hacer de nosotros lo que hubiera querido, nos trató como extraños. E inclinándose ellos, por último, a los españoles, y viéndonos tan buenos franceses, nada teníamos que esperar ni del Papa ni de Su Señoría».