VII

Lucrecia en Ferrara.—La dinastía de los Este.—La ciudad de Ferrara.—La Corte.—Influencia de la mujer.—Las letras y las artes.—Los libros de caballería.—Los poetas.—La lengua y la literatura españolas en Ferrara.—Los cantores de Orlando, Boiardo y Ariosto.—Elogio que hace éste de Lucrecia en su Orlando Furioso.—El teatro.—El lujo.—Los amores de Lucrecia con Pedro Bembo y Francisco Gonzaga.—¿Fueron o no platónicos?—La servidumbre amorosa del siglo XVI.—La correspondencia de Lucrecia con Bembo.—El púdico adulterio con el Marqués de Mantua.—Sirve de tercero Hércules Strozzi.—Asesinato de éste.—Reemplázale en su oficio su hermano Lorenzo.—Después del asesinato de Hércules no vuelven a encontrarse Francisco y Lucrecia.—Los franceses en Ferrara.—Elogio que tributa a Lucrecia el biógrafo de Bayard.—Los últimos tristes diez años de Lucrecia.—Su vida devota y ejemplar.—Da a luz una niña el 14 de Junio de 1519 y muere el 24 de fiebre puerperal.—La carta al Papa León X.—Su entierro en el convento del Corpus Domini.—El duelo de Ferrara.—La sepultura de los Este.—Laura Dianti consuela de su viudez a Alfonso I, que contrae con ella matrimonio in articulo mortis.—La Santa Sede lo declara inexistente y se niega a reconocer la legitimidad del hijo D. Alfonso, Marqués de Montecchio.—Bula de Pío V Prohibitio alienandi, que priva a los bastardos de la investidura de los feudos eclesiásticos.—Muerte de Alfonso.—Le sucede su hijo Hércules II, casado con Renata de Francia.—Aficiones heréticas de Renata.—Causa que se le forma.—Su aparente conversión.—A la muerte de Hércules II se retira a Francia y se declara hugonote.—Los hijos de Renata: Alfonso II y el Cardenal Luis.—Sus hijas: Ana, Duquesa de Guisa y luego de Nemours; Leonor y la leyenda de sus amores con el Tasso.—Lucrecia: su desgraciado matrimonio con Francisco de la Rovère, Duque de Urbino, y sus aventuras amorosas en Ferrara.—La impotencia de Alfonso II.—Sus tres mujeres: Lucrecia de Médicis, Bárbara de Austria y Margarita Gonzaga.—Gestiones infructuosas de Alfonso cerca del Papa para poder disponer del Ducado de Ferrara en favor de su primo César, hijo del Marqués de Montecchio.—Nómbralo heredero de todos sus Estados.—Consigue para él del Emperador Rodolfo II la investidura de Módena, Reggio y Carpi.—Apenas expira Alfonso II, surge el conflicto entre César y el Papa Clemente VIII.—Excomulgado César, solicita la intervención de su enemiga Lucrecia y acepta un convenio que le obliga a renunciar a Ferrara.—Entra triunfante en la ciudad el Cardenal Aldobrandini, a quien Lucrecia deja por heredero de todos sus bienes.—Conclusión.

Divide Gregorovius su historia de Lucrecia Borja en dos partes: Lucrecia Borja en Roma y Lucrecia Borja en Ferrara, y dijérase que su heroína, al pasar de las orillas del Tíber a las del Po, se había bañado en las aguas del Jordán, saliendo de ellas limpia de todas sus culpas y convertida en esposa y madre ejemplar, apartada de todo erótico y pecaminoso pensamiento y tan sólo preocupada de la salvación de su alma y dedicada a hacer méritos para la otra vida. Es cierto que los últimos años de la Duquesa de Ferrara fueron de cristiana preparación al trance de la muerte, y que, en un principio, al verse en una Corte nueva, muy distinta de la de Roma, rodeada de gente extraña, con un marido más celoso de su honra que prendado de su mujer, en aquel Castel Vecchio donde vivía el recuerdo y parecía que erraba la sombra de la enamorada Parisina Malatesta, cuyo infortunio se asemejaba al de Francesca de Rimini y ha inspirado a dos poetas, Byron y d’Annunzio, puso Lucrecia especial cuidado en granjearse el afecto y respeto del suegro y del marido y los de los ferrareses, desvirtuando la leyenda negra romana que le atribuía las más relajadas costumbres y los más nefandos pecados. Pero no se puede decir que el camino de Ferrara fuera para ella el de Damasco y que el Señor hubiera tocado el corazón de la pecadora para llamarla desde luego arrepentida a su servicio. Las más empedernidas pecadoras de aquel tiempo morían todas cristianamente, más o menos tardíamente arrepentidas, y no había de ser una excepción Lucrecia; antes bien, quiso Dios favorecerla haciendo que la muerte llamara tantas veces a su puerta para llevarse a los suyos, que, al fin, despertó el alma adormida y se arrepintió en sazón de sus pecados, preparándose para cuando le llegara a su vez la hora del descanso eterno.

Amores tuvo en Ferrara, y no sólo los tan conocidos con Bembo, que sus panegiristas pretenden no pasaron de literarios y platónicos, sino con Francisco Gonzaga, el marido de Isabel de Este, de los que nos ha dado noticia Alejandro Luzio en su documentada monografía Isabella d’Este e i Borgia, y para los que sirvió de tercero el poeta Hércules Strozzi, sin que dieran lugar a escándalo ninguno ni de ellos se enterara el celoso marido.

Los Este reinantes en Ferrara eran una de las más antiguas dinastías italianas, y arrancaban de la invasión longobarda y de un Alberto o Adalberto, que en italiano se llamó Oberto, y cuyo diminutivo fué Obizzo y Azzo. En el siglo X figuró un Marqués Oberto y un su biznieto se tituló Marqués de Longobardia y casó con Cunegunda, hermana del Conde Güelfo III de Suabia. En ella tuvo dos hijos, Güelfo y Folco; vivió más de cien años y a su muerte su hijo Güelfo pasó a Alemania, fué Duque de Baviera y fundó la dinastía de los Güelfos, y Folco heredó los Estados italianos y consolidó la dinastía de los Este.

La ciudad de Ferrara, cuyos orígenes son oscuros, reclamábanla los Papas como formando parte de la donación de Pepino y Carlomagno, comprendida después en la de la Condesa Matilde, que alimentó la disputa entre el Papa y el Emperador, y durante estas guerras adquirió Ferrara su autonomía como República. Disputáronse luego el dominio en la ciudad güelfos y gibelinos, y los Este, por el matrimonio del nieto de Folco, Azzo V, con Marchesella Adelardi, hija del jefe de los güelfos, intervinieron en las luchas intestinas ferraresas. Cansada de ellas, dió la ciudad al vencedor, que lo fué en 1208 Azzo VI, la cualidad hereditaria de Podestá, primer ejemplo de una República italiana que se entrega libremente a un Señor; fundando así los Este su dinastía sobre las ruinas de la República y adueñándose por completo de Ferrara cuando Azzo VII, en 1240, venció al audaz Salinguerra, jefe de los gibelinos, que murió en la cárcel. Durante el destierro de los Papas a Avignon fueron echados de la ciudad por la Santa Sede, que la entregó a Roberto, Rey de Nápoles, el cual envió, para gobernarla, al español D. Diego de la Rata con unos cuantos soldados catalanes. Hiciéronse éstos, por su arrogancia, insoportables a los ferrareses, que se alzaron a las órdenes de Tolomeo Costabili y otros nobles, y acabaron con todos los españoles, llamando a Rinaldo Estense, hijo del Marqués Aldobrandino III, su legítimo Príncipe, y el Papa Juan XXII le dió, en 1317, la investidura como feudatario de la Iglesia mediante un tributo anual de 10.000 florines de oro. Y de esta suerte los Este, con título de Marqueses, fueron Señores de Ferrara, no ilegítimos e intrusos y por mera y momentánea conquista, como los demás tiranos italianos, sino por derecho propio y pertenecientes a una antiquísima, hereditaria y arraigada dinastía.

A Nicolás III sucedió, en 1441, su hijo bastardo Lionelo, habido en la bellísima Stella Tolomei, por ser aún menores los legítimos Hércules y Segismundo. Este Príncipe, que había tenido por preceptor a Guarino de Verona, mereció nombre de inmortal, casó con María de Aragón, hija de Alfonso el Magnánimo, de Nápoles, y fué sabio y liberal, protector de las ciencias y las artes y cultivador de las letras, habiéndose ejercitado en dísticos latinos, y con su ejemplo brotaron los poetas latinos, llegando a ser en Ferrara tan numerosos como las ranas que poblaban las marismas. A Lionelo le sucedió su hermano, también bastardo, Borso, que si no sabía el latín, porque «la fortuna, enemiga de todo hombre virtuoso, no había querido añadir a sus demás adornos el de las letras», fué uno de los Príncipes más espléndidos y grandiosos de su tiempo. Federico III, a la vuelta de su coronación, lo nombró en Ferrara Duque de Módena y Reggio y Conde de Rovigo y Comachio, y desde entonces los Este cambiaron el águila blanca de su blasón por el águila negra imperial, a la que unieron las flores de lis que les había concedido Carlos VII de Francia. Y el Papa Pablo II, el 14 de Abril de 1471, nombró a Borso en Roma Duque de Ferrara. Un mes después moría sin sucesión este Príncipe famoso, a quien heredó Hércules, el hijo legítimo de Nicolás III, que recogió la corona de su padre después de haberla ceñido, no sin gloria, sus dos hermanos bastardos, y de habérsela disputado con las armas el hijo de Lionelo, Nicolás. De su matrimonio con Leonor de Aragón, hija del Rey Ferrante de Nápoles, tuvo Hércules seis hijos: las dos famosísimas Princesas, Isabel, Marquesa de Mantua, y Beatriz, Duquesa de Bari y de Milán; Alfonso, que casó con Ana Sforza y en segundas nupcias con Lucrecia Borja; Fernando, el Cardenal Hipólito y Segismundo. Y por no ser menos que su padre, reconoció a dos hijos naturales, Julio y Lucrecia, mujer ésta de Aníbal Bentivoglio.