La ciudad de Ferrara había sido, a fines del siglo XV, engrandecida y hermoseada por el Duque Hércules, siguiendo los consejos del arquitecto ferrarés Biagio Rossetti. Triplicó el circuito de la antigua Ferrara, añadiéndole una ciudad nueva, que se llamó la Adición Hercúlea, dos veces más vasta, de barrios elegantes, con anchas y rectas calles, amplias plazas y suntuosos edificios, rodeada de parques, huertos y jardines, siendo en pleno Renacimiento la primera ciudad moderna de Europa. Aparecía grandiosa e imponente con sus poderosas murallas, que tenían siete millas de circunferencia y once gigantescos baluartes. Bañada al Mediodía por el Po, con un puerto al que acudían centenares de naves, y cercada por los otros tres lados de anchos y hondos fosos, no había ejército que se atreviera a aproximarse a sus murallas, armadas con la más pudiente artillería entonces conocida; y considerábasela en aquellos tiempos como plaza fuerte inexpugnable, que el Mariscal de Fleurange llamaba la mejor de toda la Cristiandad. Entrábase en Ferrara por doce puertas, y la ciudad, notable por su regularidad y su extensión, éralo también por sus monumentos arquitectónicos, entre los que sobresalía la Catedral, obra maestra del arte románico-lombardo. Frente a ella el Palacio Ducal, la Corte Vecchia, con su almenada fachada, sus diez salas alrededor del patio, al que daba ingreso el arco triunfal con dos columnas laterales que sostenían las dos estatuas en bronce de Nicolás III, el fundador de la potencia estense, y de Borso, el primer Duque de la dinastía[107]; sus salas todas de artesonados y dorados techos, llamando la atención la de los Gigantes, en que los hermanos Dossi pintaron al claroscuro las hazañas de Hércules, y las adornadas con los paños de la tapicería de Flandes, llamada la Pastorella, que había pertenecido a los Reyes de Aragón[108]. Al otro lado de la Catedral estaba el gótico Palacio del Podestá, que se llamó de la Razón, en el que se representaron las comedias para festejar las bodas de Lucrecia. Pero el más imponente de todos los edificios construídos por los Este era el elegante y austero Castillo, con sus cuatro macizas torres, su foso, su puente levadizo y sus doce aposentos decorados por Garofalo y los Dossi. Obra de Rossetti fué el precioso Palacio de los Diamantes, construído para Segismundo de Este, el hijo de Hércules, y habitado luego por el Cardenal Luis de Este, nieto de Lucrecia.

En torno de los Este, la familia más ilustre de Italia después de los Saboyas, juntóse en Ferrara una escogida aristocracia, sostén y ornamento de la dinastía ducal, a la que daba ministros, diplomáticos y soldados, y en la vía degli Angeli (hoy Corso Vittorio Emanuele) y en las otras calles de la Adición Hercúlea, surgieron los cuarenta hermosísimos palacios del patriciado ferrarés. Algunas familias nobles eran originarias de la ciudad, como los Costabili, Giglioli y Turchi; otras habían sido ennoblecidas y enriquecidas por los Este, en premio de señalados servicios, como los Sacrati, oriundos de Parma; los Ariostos, de Bolonia; los Bevilacqua y Guarini, de Verona; los Tassoni y Montecuccoli, de Módena; los Calcagnini, de Rovigo; otras, atraídas por la liberalidad y cortesía de los Este, habían trasladado sus penates a Ferrara, como los Bentivoglio, descendientes de Juan II, el desposeído Señor de Bolonia; los Strozzi, venidos de Florencia en el siglo XV; los Píos, Señores antes de Carpi y feudatarios después de Sassuolo; los Manfredi, de Faenza, y los Varano, de Camerino. Todos aquellos nobles para quienes la Corte era su único pensamiento, contribuían al esplendor de que gozaba fama Ferrara, formando una sola familia con el Duque, su Señor, al que obsequiaban en aquellos palacios dignos de Príncipes y en los que como Príncipes vivían. Hiciéronse entonces comunes en la nobleza ferraresa los nombres de Hércules y Alfonso y también el de Lucrecia.

En los principios del siglo XVI tenía todavía la Corte de Ferrara un carácter feudal y militar. Los Este nacían soldados, dispuestos a batirse por quien mejor pagaba o más probables ventajas ofrecía; pero con el tiempo, sin perder la calidad de condotieros, propia de los grandes tiranos italianos, se fueron refinando a medida que se engrandecían y enriquecían, aficionándose al fausto y al lujo y rindiéndose al ya entonces avasallador dominio de las letras y las artes y al no menos poderoso de la mujer, que no era la Beatriz exaltada por Dante, deidad inaccesible y radiante en un paraíso de luz, ni la Dama translúcida cantada por los trovadores y soñada por los andantes caballeros, como tampoco la sierva sumisa ocupada sólo en las faenas domésticas y cuya vida se resumía en el epitafio de la matrona romana lanam fecit, domum servavit. Era la mujer que surgía como Venus de la espuma del mar y encarnaba en la grácil desnudez de la Bella Simonetta fijada en el lienzo por el pincel de Botticelli; la que siguiendo el consejo de San Bernardino, no se avergonzaba de ser mujer, y por boca de Isota Nogarola, sólo comparable a las Sibilas, a las Musas y a Safo, discutía en casa de Ludovico Foscarini sobre la parte que respectivamente cupo a Adán y a Eva en el pecado original; la que se vestía con los más costosos terciopelos y sedas, brocados y damascos, y se adornaba con las más preciosas joyas, como Blanca María e Hipólita Sforza, Beatriz e Isabel de Este y Lucrecia Borja, pudiendo decir Leonardo Bruni, al día siguiente de su boda, que había consumado el matrimonio y consumido el patrimonio.

En Ferrara más que en otras partes intervenían las mujeres en los juegos, torneos, cacerías, bailes y espectáculos, y daban a la vida mundana el encanto de la belleza, la gracia y la elegancia femenina. Eran el rayo de sol que iluminaba y alegraba el sombrío palacio. El viejo Nicolás tenía para su placer ochocientas doncellas[109], y Rinaldo, Abate Comendador de Pomposa, no se contentaba con menos de mil. En 1478 el Duque Hércules, para celebrar sus bodas con Leonor de Aragón, dió un baile a ciento setenta jóvenes casaderas. Estas bodas influyeron no poco en el refinamiento de la Corte de Ferrara. Había pasado Hércules su mocedad en la de Nápoles, y de ella trajo Leonor la afición de los aragoneses a las letras y las artes, tan generosamente protegidas por Alfonso el Magnánimo. Amistóse Leonor en Ferrara con su cuñada Blanca de Este, que por la temprana muerte de su prometido el primogénito del Duque Federico de Urbino, casó con Galeotto de la Mirandola, de la Casa de Carpi, y cuya prosa griega y latina causó la admiración de sus contemporáneos. Cuidó asimismo la Duquesa de la esmerada educación de sus dos hijas, Isabel y Beatriz, y también de la de Lucrecia, la hija natural de Hércules, a la que conocía por retrato antes de la boda, pues Hércules se hizo retratar con ella por Cosme Tura y se lo envió a la novia de regalo. Vino entonces a Ferrara el maestro de baile Lorenzo Lavagnolo, a quien la Marquesa de Mantua, Bárbara de Brandemburgo, tenía por muy superior a todos los de su oficio y de su tiempo. Después de haber enseñado a bailar a Isabel y Magdalena Gonzaga, las hermanas del Marqués Francisco, pasó a Milán para dar lecciones a las hijas de la Duquesa Bona y luego a Ferrara, donde tuvo por discípulas a las tres hijas de Hércules. De Milán y Florencia trajo la Duquesa hábiles tejedores para establecer una fábrica de tapices en Ferrara, e hizo venir de Valencia eximios bordadores, entre ellos el maestro Jorba, que lo fué luego de Lucrecia Borja. Y así como la pasión de Hércules eran las piedras preciosas y los camafeos, la de su mujer eran los objetos de oro y plata, dirigiéndose preferentemente, para la satisfacción de sus caprichos, a Francisco Francia, el gran orífice y pintor de Bolonia. Una de las más admiradas obras de este artista fué un collar formado de corazones de oro, que le envió en 1488, destinado probablemente a Isabel Gonzaga como regalo de boda. Tanto por su valor como por su exquisito gusto, gozaban fama las alhajas de Leonor de Aragón, y no sólo sirvieron para adorno de la Duquesa de Ferrara, sino para sacar más de una vez de apuros al Duque, proporcionándole el nervio de la guerra.

El frecuente trato, público e íntimo, con las claras, si no siempre virtuosas mujeres que gozaban en la Corte de Ferrara merecida fama de bellas y de cultas, suavizó la natural rudeza de aquellos vigorosos soldados malolientes a sudor y a cuadra, quienes para hacerse gratos a las damas, que no se contentaban sólo con el ingénito vigor, se esforzaron en parecer corteses, bien hablados y hasta instruídos, atiborrando la mollera con la lectura de los libros de caballería que venían de Francia y de Bretaña. De ahí que esta caballería puramente literaria se convirtiera en Ferrara en viviente realidad. Creóse la orden de la Espuela dorada; hubo juegos de amor y cuestiones de honor y justas y torneos, y en uno de ellos, en 1494, obtuvo la victoria, como defensor del dios Amor, el Conde Nicolás de Correggio[110], de quien decía Isabel de Este que era «el más cumplido y en rimas y cortesías erudito caballero y barón que en estos tiempos se encontrase en Italia». Las damas llevaban bordado en la manga algún lema tomado de aquellas novelas caballerescas[111], los Príncipes aspiraban a imaginarios entronques con los doce Pares de Francia, y se hicieron corrientes en Italia los nombres franceses o bretones de Rinaldo y Ginebra, Tristán e Isotta.

Con Leonor de Aragón empezó a difundirse en la Corte de Ferrara la afición a la lengua y literatura españolas, y se acrecentó en tiempo de Lucrecia Borja, no siendo únicamente los libros de caballería franceses los leídos por la gente culta, sino también los españoles, de cuyo influjo encontramos evidentes muestras en el Orlando Furioso[112]. Recuerdos hay en él del Amadís, de la Historia de Grisell y Mirabella, de Juan de Flores, y sobre todo del Tirante el Blanco, de J. Martorell, del que poseía Isabel de Este un ejemplar en valenciano, impreso en 1490, habiéndolo vertido al italiano Lelio Manfredi, que hizo luego, por complacer a la Marquesa de Mantua, a quien la dedicó, una traducción de la Cárcel de Amor, de Diego de San Pedro, que publicó en 1514.

El propio Manfredi tradujo en 1521 el libro de Flores con el título de Historia di Aurelio e Isabella, nella quale si disputa che più dia occasione di peccare o l’huomo alla donna o la donna all’huomo. La Celestina se reimprimió muchas veces en Italia, no sólo en su original castellano, sino en la traducción italiana que, a instancias de una dama, Madonna Gentile Feltria di Campofregio, hizo en 1515 un español, Alfonso Hordeñez, familiar del Papa Julio II. Alfonso, el marido de Lucrecia, adquirió en Roma un ejemplar de Las Trezientas, de Juan de Mena, y habiendo encargado un Tristán, sólo lo encontró en castellano.

No menor influjo que los importados y traducidos libros de caballería ejercieron en las costumbres de Ferrara los poetas, buenos o mediocres, latinos o italianos, eruditos o populares, señoriles o plebeyos, ricos o pobres, que húbolos de todas clases y en gran número y se consideraron indispensables en todas las fiestas, en las bodas, los banquetes, las procesiones, los torneos y en todos los espectáculos de gala, reputándose su oficio tan necesario en una República bien ordenada como el de los pintores, músicos, farsantes y bufones, y otros que nuestro Cervantes menciona, menos honrosos, pero no menos necesarios para el comercio de ambos sexos. Claro es que verdaderos poetas como Tebaldeo, los dos Strozzi, el Conde de Correggio, fueron pocos, y que todos aquellos madrigales, sonetos y canciones que se acompañaban con el laúd o la viola de amor, y cuyo objeto era ensalzar los múltiples encantos más o menos visibles de las damas, para entretenerlas y divertirlas arrancándoles una sonrisa o un aplauso, eran de una calidad inferior, si no despreciable, bajo el punto de vista literario. Pero Ferrara puede gloriarse de haber visto nacer en el siglo XV dos poetas que cantaron a Orlando, el uno enamorado y el otro furioso, y que, si no de igual grandeza, tienen señalado puesto en el Parnaso italiano. El uno, Mateo-María Boiardo, Conde de Scandiano, sobrino del delicado poeta latino Tito Vespasiano Strozzi, se enamoró de Antonia Caprara, y aquel verdadero amor, correspondido primero y luego desdeñado por la dama, hízolo poeta y a él se debe su obra maestra Orlando innamorato. Murió el 20 de Diciembre de 1494, dejando inacabado su poema, al que dió gloriosa cima Ludovico Ariosto con su Orlando Furioso, que dedicó al Cardenal Hipólito de Este. Y cuentan que al Cardenal sólo se le ocurrió decirle: Messer Lodovico, dove avete pigliato tante coglionerie?

Cuando llegó Lucrecia a Ferrara había ya muerto Boiardo, pero no le faltó el incienso de todos los poetas ferrareses, y el más grande de todos, por cuya mano la Casa de Este ha pasado inmortalizada a la posteridad y vivirá mientras viva el idioma italiano, la glorificó en una octava, la 85 del canto XLII del Orlando Furioso. En ella coloca la imagen de Lucrecia en el templo de honor de las mujeres, sostenida por dos caballeros testigos de su honra, los dos célebres poetas Antonio Tebaldeo y Hércules Strozzi, un Lino y un Orfeo con una inscripción que dice que su patria, Roma, debe, por su belleza y su honestidad, ponerla por encima de la Lucrecia antigua[113]. En otras bellísimas estrofas del poema (canto XII, 69-70 y 71) la ensalza por boca de Melissa, y la cantó, por fin, en una elegía después de haber celebrado en un epitalamio catuliano su boda con Alfonso.