También floreció entonces en Ferrara el teatro a que era el Duque Hércules aficionadísimo, y queda ya dicho, al hablar de la boda de Lucrecia, que se representaron cinco comedias traducidas de Plauto y que el Duque se ufanaba de ser el fundador del teatro del Renacimiento en Italia, habiendo hecho traducir al italiano las comedias de Plauto y de Terencio. El Conde de Correggio, inspirándose en Ovidio, escribe la tragicomedia de Céfalo y Pocris, «que enseña a las mujeres a no tener celos del marido». El Pistoia dedica a Isabel de Este su tragedia en tercetos Ponfila, tomada de una novela de Bocaccio, y Pandolfo Collenuccio encuentra en la Biblia asunto para su Comedia de Jacob y José, cuya representación dura dos días[114].
No echó Lucrecia de menos en Ferrara como en Pesaro el lujo de Roma. Alcanzó en Ferrara extraordinarias proporciones y se manifestó de todas maneras: lujo de trajes y joyas, de animales, de armas, de palacios, de jardines, de muebles. Cubríanse las paredes de las habitaciones con tapices de Flandes y las camas con colchas de tisú de oro; iluminaba los naipes Mantegna; encuadernábanse los manuscritos en raso cuajado de perlas; abundaban el oro y la plata, el marfil, el brocado, las plumas y las flores; llevábanse en todas partes piedras preciosas: al cuello, en el sombrero, en el rosario, en los zapatos, en la brida de los caballos, en la trailla de los perros y hasta en el mango de la escoba que servía para barrer las migajas del banquete.
Pero ni el trato ameno y suave con las damas, ya compañeras y no siervas, ni el blando y bienhechor influjo de las letras, ni el lujo y los placeres de la vida, lograron domar por completo la rudeza medioeval de aquella gente batalladora, en quienes los terciopelos y las joyas encubrían pasiones violentísimas y crueldades feroces. Así vemos aquella tragedia de la familia ducal, en que por un fútil motivo el Cardenal Hipólito mandó sacar los ojos a su hermano Julio, la conjura de éste para asesinar por venganza al Duque, y el castigo impuesto por Alfonso a sus dos hermanos, a uno de los cuales, Ferrante, en un arrebato de ira, dejó tuerto para igualarle a Julio, sin que jamás de ellos se apiadara. En el Castillo Viejo señalado a Lucrecia por morada, cuidaron de enseñarle el día de su solemne entrada en Ferrara el patio sobre cuyas losas rodaron, por orden de Nicolás III, la cabeza de su hijo Hugo y la de la madrastra de éste, Parisina Malatesta, para que el recuerdo sirviera de advertencia a la joven desposada respecto a la suerte reservada en Ferrara a la mujer infiel a su marido.
¿Llegó a serlo Lucrecia de obra con alguno de sus adoradores o no pasó su infidelidad de mero pecaminoso pensamiento y devaneo? Era natural que quien en Roma, como hija del Papa, había, por lo menos, saboreado las delicias del amoroso requiebro y de la lisonja cortesana, no quisiera verse privada de ellas en Ferrara y no se diera por satisfecha con la tranquila compañía nocturna de un marido que andaba de día despilfarrando su erótico caudal con daifas y bagasas. ¿Mas fueron o no platónicas las conocidas relaciones de Lucrecia con Pedro Bembo y con Francisco Gonzaga?
Distinguían los filósofos del siglo XVI tres clases de amor: el divino, que es la contemplación de la belleza como imagen de Dios; el casto, que es la contemplación de la belleza en sí misma, y el lascivo, propio de los brutos y fuera de la razón. El divino y el casto, a que se dió el nombre comprensivo y genérico de amor platónico era permitido a las señoras casadas. Torquato Tasso, en un Discorso sulla Gelosia, concretó las ideas de la sociedad galante de su tiempo. Después de decir que el amante no puede tener celos del marido de la mujer amada, «porque al comenzar el amor se presuponía la condición de que el marido fuese poseedor de su mujer», añade: «No es tampoco molesto el amor de la mujer a su marido, porque puede muy bien amar infinitamente al marido e infinitamente al amante, sin mengua del uno ni del otro, porque son amores de cualidad y naturaleza diversa. Se ama al marido como compañero en la generación de los hijos, como partícipe en el gobierno de la casa, como consorte de la vida y de los pensamientos, y, en suma, como el hombre a quien las sagradas leyes la han unido con indisoluble lazo; al amante se le ama de un modo muy distinto.» Esta era la servidumbre amorosa del siglo XVI; mas no siempre se mantenía el amor en los confines del platonismo lícito y los maridos vengaban en sangre la mancillada honra. En veinte días murieron por infieles, a manos del ofendido marido, cuatro damas muy principales; pero ninguna de las Duquesas de Ferrara tuvo el triste fin de Parisina.
Del apasionado amor de Bembo dan testimonio sus cartas a Lucrecia. Había nacido Pedro Bembo en Venecia, en 1470, y educádose en Florencia, donde era su padre Embajador y donde adquirió el estilo elegante que caracteriza sus obras. Estudió después el griego, en Sicilia, con Agustín Lascaris, y filosofía, en Ferrara, con Nicolás Leoniceno. Empezó allí a darse a conocer por sus poesías, en que se transparentaba la licencia que deshonraba su conducta. Tuvo tres hijos y una hija en una mujer que fué su manceba y su musa. León X lo hizo su secretario, y a la muerte del Papa se retiró a Venecia, pero Pablo III le confirió el capelo en 1538 y el Obispado de Bérgamo, que desempeñó como pastor dignísimo, muriendo en 1547. Su manía de imitar a Cicerón le hizo poner en boca del Papa expresiones propias de un romano pagano, como la de «creado Pontífice por los Decretos de los dioses inmortales», y dicen que no leía la Biblia ni recitaba el breviario por no echar a perder su latín.
En Ostellato, la espléndida villa de los Strozzi, adonde solía ir Lucrecia, conociéronse e intimaron el poeta veneciano y la española Duquesa, tan elegante y nada supersticiosa, según aquél escribía. Enamoróse de ella perdidamente Bembo, y durante los tres años, de 1503 a 1506, que pasó en Ferrara manifestóle su pasión de todos modos. Frecuentó su trato, escribióle apasionadas cartas, cantó en verso y en prosa su belleza y sus virtudes, y le dedicó, el 1.º de Agosto de 1504, su diálogo sobre el amor, Gli Asolani, que al año siguiente imprimió Aldo en Venecia, y se lo envió a Lucrecia con una dedicatoria. Según Gregorovius no cabe dudar de la pasión del veneciano; pero no puede afirmarse que correspondiese a ella Lucrecia traspasando los confines de lo lícito. Las cartas de Bembo se han publicado con sus obras. Hay algunas que no fueron dirigidas a Lucrecia, sino a una desconocida a quien cortejó con éxito en sus mocedades. Las que le escribió Lucrecia se conservan en la Biblioteca Ambrosiana de Milán. Púsolas en boga Lord Byron y las publicó, en 1859, Bernardo Gatti[115]. Son nueve: siete en italiano y dos en español, con una canción española y un dorado mechón de pelo. Las cartas son autógrafas; de la autenticidad del mechón duda Gregorovius; pero en todo caso, dice, no pasó de ser una prenda de afecto que obtuvo de Lucrecia el afortunado Bembo. Hay quien cree que al tal dorado mechón se referían los siguientes renglones de una carta que Bembo le escribía el 14 de Julio de 1503: «Cada día halláis, con ingeniosa invención, manera de avivar mi fuego, como lo habéis hecho hoy con la que orla vuestra lucidísima frente»; pero más bien que al pelo el verbo cingere indica la lenza o cinta que ceñía la frente. Ello es que traspasara o no los confines de lo lícito este afecto, no puede negarse que fué algo más que pura amistad o mero flirt, a los que tan naturalmente inclinada era Lucrecia. Gustaba infinito del tributo que a su belleza y gracia se rendía, y si este tributo no lograba siempre interesar su corazón y aprisionar su caprichosa voluntad, no era ella, sin embargo, insensible a ciertas tentaciones, de las que su honestidad había salido alguna vez malparada. Parece que Lucrecia, complaciéndose, con refinada coquetería, en atizar el fuego en que ardía Bembo, llegó a temer que fuera un incendio inextinguible y que la envolvieran sus llamas, y esto era lo que esperaba el poeta, el cual, citando un proverbio castellano leído en un libro de la amiga, «quien quiere matar perro, rabia lo levanta», le manifiesta su esperanza de que, queriendo ella apagar aquel amoroso furor, lo adquiera por contagio. No hay pruebas de que se realizara la esperanza que acariciaba Bembo, y hay que dejar a Lucrecia el beneficio de la duda; pero en el fondo y en el secreto de su alma compartió el afecto del rendido galán. La muerte de su hermano obligó a Bembo a partir de Ferrara. La ausencia y el tiempo no lograron apagar por completo la amorosa llama: el amor del poeta fué poco a poco tornándose en dulce melancolía hecha de recuerdos; pero el suyo borróse bien pronto del corazón de Lucrecia, entregada, si no con todo su cuerpo, con toda su alma, a una nueva y más seria amistad amorosa.
Menos conocidos que los amores de Lucrecia y Bembo han sido los de la Duquesa de Ferrara con su cuñado el Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga, de que tenemos noticia por los documentos hallados y publicados por Luzio. De ellos resulta que fué Lucrecia quien se enamoró del marido de Isabel de Este, su cuñada, el cual, por sus retratos y por el busto que de él se conserva en el palacio de Mantua, debió ser uno de los hombres más feos de su tiempo. Las relaciones lícitas o ilícitas de Lucrecia y Francisco, que la Marquesa de Mantua llamó púdico adulterio, porque no parece que el pecado llegara materialmente a consumarse, dieron principio en una excursión que hizo la Duquesa de Ferrara a Borgoforte. En el horrible drama de la Casa Estense, del que fué Julio la primera víctima por la ferocidad del Cardenal su hermano, se contentó Lucrecia con el papel de espectadora, y mientras sus cuñados ferrareses andaban empeñados en una mortal lucha fratricida, disfrutaba ella, en Borgoforte, la grata compañía del cuñado mantuano. El simple anuncio de la visita de la Duquesa llenó de gozo al Marqués; excusándose de que no fuera Borgoforte digno de recibirla, aunque cuidaría de que encontrase todas las comodidades posibles. De Borgoforte a Mantua la distancia era corta, y Francisco llevó a Lucrecia a su capital para que allí recibiera los obsequios y aplausos de los mantuanos, escribiéndole Alfonso una carta para agradecerle cordialmente los agasajos que había dispensado a su mujer.
Aun antes de la excursión a Borgoforte habíase Lucrecia aficionado a su cuñado, y esta afición era de sus doncellas conocida. En la primavera de 1504 fueron los Marqueses de Mantua a Ferrara para las fiestas de San Jorge, y habiendo tenido que ausentarse el Marqués, las dichas doncellas le escribieron un mensaje colectivo, expresándole su sentimiento por verse privadas de su presencia, especialmente Madonna Angela (Borja) y M.ª Polixena (Malvezzi), «que contemplan el afecto que le profesa nuestra Excelentísima Duquesa, la cual no cesa, en todas sus conversaciones, de hacer de él dulcísima memoria». En otra carta de la misma fecha (8 de Mayo de 1504) y de la misma mano, firmada por Polissena, trazaba ésta un cuadro de la Corte de Ferrara y de una fiesta dada a la Marquesa de Mantua, en que el Duque estuvo sentado entre las dos más hermosas doncellas, adornándose todos los invitados con guirnaldas de flores; «pero nada, añadía, fué del agrado de la Excelentísima Señora y de su servidora, porque no estaba Vuestra Serenísima Señoría presente». A fines de 1504 fué despedida la Malvezzi por sapientísima, según Prosperi, y Luzio cree que fué por demasiado curiosa en espiar los actos de la Duquesa y por demasiado libre en contar cuanto veía y aun lo que no veía, pues cuando regresó a Bolonia refirió a Juan Gonzaga, que se lo escribió a su hermano el Marqués, que según noticias de Ferrara, habiendo sabido el Duque la fuga del Valentino, corrió a participárselo a la Duquesa, su mujer, y la encontró en su cuarto en conversación a solas con el Cardenal Hipólito, lo cual le sorprendió mucho. El chisme de la Malvezzi no tenía, sin embargo, ningún fundamento.
Por orden de su padre emprendió Alfonso un viaje para visitar las Cortes de Francia, Flandes e Inglaterra, desde donde debía regresar a Ferrara, pasando por España; pero en Inglaterra le llegaron despachos anunciándole la enfermedad del Duque Hércules y se apresuró a venir a recoger el último suspiro de su padre, que murió el 25 de Enero de 1505. Ciñó entonces Lucrecia una de las más preciadas coronas italianas y vió realizado el sueño de su vida en aquella Corte de Ferrara, de la que fué el alma, conquistando con su belleza y con su gracia la simpatía de todos sus vasallos.