—Que pase, mujer.
Y madre e hija abandonaron sus quehaceres, y sacudieron de sus regazos los trozos de hilo que se habían desprendido de las labores.
Avanzaron al encuentro de su vecina. Sabela dió, como siempre, un ligero saltito para no pisar una baldosa de la galería, donde el pico del carpintero había trazado, quizás para distinguirla, una pequeña cruz.
La señora de Solís entró. No eran frecuentes sus visitas. Tan sólo en alguna ocasión señalada—Año Nuevo, fiesta de días, enfermedad—la triste señora aparecía un momento «para cumplir», y, pretextando el cuidado de los hijos, volvía a marchar sin haber reído, sin haber hablado apenas, sin haber aceptado un dulce ni una fruta, ni un dedalito del vino tostado del Rivero que doña Rosa solía ofrecer sólo en esas grandes ocasiones.
—¿Qué milagro, doña María?... Siéntese.
A pesar de la vecindad, se veían, en efecto, mucho menos que los demás señores de la Gándara. Doña María se sentó, quedamente, con aquel aire silencioso que le había impuesto su dolorosa costumbre de andar por alcobas de enfermos. Resaltaba su palidez sobre las negras vestiduras, y el carmesí de los párpados, irritados por el llanto y el insomnio, sobre su palidez. Pero en toda su figura había una gran distinción, y en su rostro esa dignificación amarga que dan los pesares. Cruzó las manos lívidas, y habló:
—A molestarlas, doña Rosa, a molestarlas.
—¡Por Dios!...
—Quería saber si tienen ustedes alguna estufa, algún calorífero, para pedírselo prestado.
Doña Rosa miró a su hija, como en consulta.