—Hay mucha humedad—continuó doña María—; ya ve, para dormir los niños con las ventanas abiertas... Y como la casa es grande... Yo encargué a la ciudad una salamandra. Pasado mañana me la traerán, y pasado mañana les devolvería la estufa.
Doña Rosa se lamentó:
—¡Dios mío, nosotras no hemos tenido jamás nada de eso! ¡Qué pena, doña María!... Gracias al Señor, como salud tenemos, y el frío no es mucho en esta tierra...
—No, el frío no; pero la humedad, la humedad...
Casi gimió, con los ojos espantados:
—¡Un catarro viene tan pronto!... ¡Y después!...
Hubo un silencio. Doña María miró al través de los cristales el cielo plomizo, cubierto por una sola nube inmóvil.
—Hace siete días que no hay sol...
Luego clavó sus ojos en las pálidas manos cruzadas:
—¡Yo no sé qué hacer...; no sé qué hacer!...