Doña Rosa intervino con consuelos. ¿No era exagerado todo aquel temor?... Los niños no parecían estar mal; paliduchos y delgados, sí; pero la aldea se encargaría de darles colores y grasas. Allí estaban los hijos de los labriegos, semidesnudos, durmiendo en paja, mojados cuando llovía y quemándose con el sol; comiendo tan sólo borona y caldo de unto. Y tan fuertes y colorados. La aldea es salud. No había que tener preocupaciones extremadas. Dios es bueno: aprieta, pero no ahoga. Y si Maruja tenía quince años ya, y Dios se había llevado a los otros a los diez y seis, ¿iba a suponerse que se había de repetir la desgracia?... ¿No era absurdo?...

Doña María la miraba sin cambiar su expresión de pena. Después suspiró hondamente. Se levantó como una sombra:

—¡En fin!... Perdonen la molestia.

—¿Qué molestia?... Lo que siento yo es no tener lo que desea, doña María. Ya sabe que toda la casa y todos nosotros... Y cualquier cosa que se le ocurra...

Acompañáronla hasta los mismos umbrales del portón. Ella marchó como una sombra negra, entre la lluvia; y doña Rosa suspiró al volver, penetrada de toda aquella honda angustia de madre que en su propia maternidad hallaba un eco de compasión gigantesca.

Por la noche, deslizándose al amparo de los salientes aleros, esperó Sergio bajo el alpende la presencia de Federica, avisada por él. Esperó unos minutos que se le antojaron inacabables. Desde los canalillos que las tejas formaban caían al suelo chorros de agua, que habían cavado débilmente la tierra, a lo largo del cobertizo, en su persistente choque. Cuando Sergio chupaba el cigarrillo, se avivaba el ascua y veía brillar los goterones en su rápido descenso. La lluvia, invisible en la noche, dejaba oir su sordo rumor en todo el campo encharcado.

Federica llegó al fin, cubriendo su cabeza con parte de la falda, recogida sobre los rubios cabellos como un mantón:

—¿Qué quieres?

Él arrojó el cigarrillo, que se apagó en el agua:

—Que no podemos seguir así. Es preciso idear algo para vernos.