Ella meditó:

—¡Esta dichosa lluvia!...

Callaron un instante. A sus espaldas, hasta tocar con el techo del alpende, se hacinaba el tojo tierno, dispuesto para mullir los establos y hacer de él, ya pisado, cama para las bestias, y después abono de las tierras. Y su recio olor de monte bravo se diluía en el ambiente húmedo. Sergio opinó:

—¿Quieres que le hable a Mingos, el casero, para que nos deje reunir en su choza?

Receló ella:

—Lo sabría tu madre.

—¡Entonces... no sé!

Descubrió de pronto Volvoreta:

—Podías subir a mi alcoba cuando todos durmiesen.

Sergio quedó un momento confuso. Le latió más fuerte el corazón al escuchar la proposición inesperada, como si antes de precisarse en su magín, toda la encantadora sensación de la aventura le hubiese ya recorrido la sangre, en un giro loco. Pero Volvoreta había sugerido el recurso con un absoluta naturalidad. Sergio, temeroso de despertar un arrepentimiento, dijo con sencillez: