—Es verdad.
—Pero ve con cuidado. Ya sabes que el cuarto de Rafaela está al lado del mío. ¡Si nos sintiesen!... ¡Por Dios!...
Y separáronse. Sergio permaneció unos minutos bajo el cobertizo, saboreando la temerosa delicia del proyecto. Le pareció estar abocado a una empresa de novelón. La densa obscuridad de la noche le sugería ideas de sagacidad y de astucia, y se vió a sí mismo atravesar la casa entre las tinieblas y trepar hasta los cuartos de la servidumbre, cauto y silencioso, como un ladrón de folletín o como un conspirador heroico. Chinto salía entonces de la casa y pasó junto al cobertizo sin verle, en las sombras profundas. Él se había recogido y hasta había contenido el aliento. Este incidente le dió una alta idea de su disposición de hombre misterioso y le hizo tener una alegre confianza en sí.
Durante la cena miró alguna vez a Federica, como para recordarle el complot. Federica, gravemente, no parecía darse por enterada. Sergio pensó entonces, ante toda aquella serenidad, que ella tenía una decisión y una valentía superior a la suya, y se reprochó el no haber tenido él la misma idea de la cita en la alcoba. Se escrutó y tuvo que confesarse que no se le habría ocurrido nunca.
Cuando, después de su habitual presencia en la cocina para dar órdenes a la servidumbre, doña Rosa reapareció en el comedor y deseó buenas noches a sus hijos, Sergio sintió agigantada su emoción. Besó a su madre y se retiró a su cuarto. Eran las diez. Sentóse indeciso, sin saber cómo llenar todo aquel tiempo que faltaba aún para el momento de la aventura. Al fin, temeroso de que la luz le delatase, desnudóse, se metió en cama y sopló la bujía.
Esperó. Llegaba de la cocina muy amortiguado el ruido del fregoteo de Rafaela. Podía saberse cuándo agitaba la vajilla dentro del barreño y cuándo la colocaba sobre la limpia piedra del vertedero para que escurriese el agua humeante. Los platos hacían al superponerse un ruido más agudo; los pucheros de hierro, más hueco y sordo. Después tintinearon, al caer sobre el granito, desde el paño que las secaba, las cucharas, los tenedores... Sergio seguía a la vieja criada en todos los momentos de su ocupación, hasta en todos sus ademanes, como si la estuviese viendo. De pronto un portazo estremeció la casa, y se oyó el ruido metálico de la barra de hierro que ajustaba Chinto en sus encajes para reforzar la seguridad de la vivienda. Luego, unos pasos resonaron en la escalera que conducía al piso aboardillado donde estaban las habitaciones de la servidumbre, de las dos criadas nada más, porque Chinto dormía en el bajo, para mayor tranquilidad de doña Rosa. Sergio pensó que aquellos pasos eran los de Federica, que se retiraba siempre antes que Rafaela.
Y esperó más. Por fin los tramos rechinaron bajo el andar de la vieja criada. Arriba, al través del techo, se sintió aún el rastrear de sus pies. Más tarde cayó el silencio sobre la casa toda; un silencio en el que al joven le parecía que toda idea de tiempo diluíase y escapaba al cálculo. Pero en el silencio fueron naciendo mil pequeños rumores y mil ruidillos sólo perceptibles en la anhelosa atención del enamorado: el crujir de una viga, las pisadas misteriosas del gato, que cruzaba ante su dormitorio, dueño de las estancias y de los pasillos llenos de sombra; después el viento comenzó a quejarse bajo las puertas, como en invierno. Fué un momento en que la lluvia dejó de caer. La ventana del cuarto se estremecía en sus encajes, y a veces se sentía la furia de las ráfagas estrellarse contra la casa toda, hermética y muda en la enorme soledad del campo, entre tinieblas, mientras los árboles se encorvarían gimientes, y en los prados la hierba sería como una cabellera peinada en un mismo sentido por el viento.
Las ráfagas traían hasta la casa un sordo rumor—quizá el de los árboles, quizá el del mar—en el que Sergio creía descubrir también el silbido arrancado en los alambres del telégrafo que seguían la cercana cinta de la carretera, y que cortaban el vendaval como una espada afiladísima, oscilando un poco entre poste y poste.
Pero las ráfagas cesaron. Cayó un fuerte aguacero, y su apremiante llamada en los cristales llenó toda la casa con su ruido. Después amainó, y volvió la lluvia a su lenta mansedumbre.
Sergio esperó aún, receloso. Se le ocurrió pensar—tumbado boca arriba en el lecho, abiertos los ojos en la obscuridad—qué clase de mujer era aquélla, inocente o ducha en amores, que por propio impulso y con tal sencillez daba una cita de tamaño riesgo—él no pensó «tan escabrosa»—. Pero ni su inexperiencia, ni su edad, ni la inquietante emoción que sufría, le permitieron grandes meditaciones acerca del tema. El reloj del comedor dió las doce. Temió él haber contado mal, y esperó a que las repitiese. Entonces se deslizó de su cama; a obscuras se embutió en el pantalón, en la chaqueta... Iba descalzo... Abrió la puerta de la alcoba... Salió...