Ante la puerta, sin separar sus dedos del pestillo, aún escuchó un buen rato. Después se decidió a andar... Apoyaba ambas manos en la pared, como si quisiese descargar sobre ellas todo el peso de su cuerpo. El piso estaba enarenado, según la costumbre del país, con una arena traída de la playa, y al ser restregada contra la madera producía un leve rechinamiento. El joven ponía, para impedirlo, sus pies de plano, y algunas arenas gruesas le producían dolor.

Llegó a la escalera. Tenía en sus oídos el tic-tac del corazón y el sordo runrún de la lluvia... Subió un peldaño, otro... algunos crujían, y Sergio se detenía entonces, anhelante, con los ojos abiertos, abiertos... Creía él que en aquel momento su madre y su hermana y Chinto y Rafaela se removían entre las sábanas, prontos a despertar. Pensó también en que a veces doña Rosa sufría insomnios duraderos... Al llegar al primer recodo de la escalera, un tablón carcomido gimió bajo sus pies largamente. Entonces pensó en desandar el camino y volver a su cuarto; pero ya estaba más próximo el de Federica... Continuó... En el pequeño pasillo, al que daban los dormitorios de las dos mujeres, se oía la fuerte respiración de Rafaela. Esto le dió vigor. Empujó lentamente la puerta de la alcoba de Federica. Pensó que estaría ella detrás. Esperaba que sus manos avanzasen para guiarlo. Creía ser tocado por ellas a cada instante, y esta presunción de unos brazos en la sombra le produjo una inquieta nerviosidad. Pero ningún cuerpo vivo rozó el suyo. Entró con cautela extremada, temiendo derribar algo, extendidas sus manos hacia el frente, comenzando a encontrar interminable aquella horrible excursión entre las tinieblas y el silencio, respirando con la boca abierta para que ni aun se advirtiese el rumor de sus aspiraciones.

Al fin sus muslos tropezaron con algo. Bajó las manos, cuidadoso. Bajo ellas sintió el tibio bulto de Federica, acostada, cubierta por las ropas del lecho. Le secó los labios una oleada de emoción. Se inclinó sobre la bella cabecita; susurró tenuemente:

—Soy yo...

Ella no se movió; volvió a advertirle:

—Federica, soy yo...

Apoyó sus manos en el cuerpo tendido, con una suave presión. Federica dió un fuerte suspiro y se estiró en el lecho. ¡Dormía! ¡Gran Dios, dormía!... Sergio se maravilló sinceramente. Volvió a apremiar, con la punta de sus dedos, el cuerpo perezoso. Y de pronto, tras un rebullir que se tradujo en un ruidoso alboroto de las secas hojas del jergón, los calientes brazos de Federica se enroscaron a su cuello. Y él, entonces, buscó sus labios y los besó, estremecido:

—¿Dormías?

Y ella, con voz aún enronquecida por el sueño y llena de añoranza de él:

—Sí.