Sergio tuvo que sacudirla:
—¡No grites, mujer!... Pueden oirnos...
Entonces bajó mucho la voz, como una niña a quien se reprende, para repetir:
—Sí.
Continuaba con los desnudos brazos sobre el cuello del joven. No se veían. El rumor de la lluvia era más fuerte en el pequeño cuarto; se sentía su repiqueteo en el cinc del tejado y sobre los vidrios del tragaluz. Sergio se iba sintiendo presa del frío. En la cima de su empresa ocurríasele ahora, preferentemente, la terrible idea de tener que volver a su estancia con todas las mismas minuciosas precauciones. En la alcoba contigua, al través del delgado tabique de madera, se oyó el ruido del jergón donde Rafaela debía de haberse agitado. Entonces Federica iba a decir algo al oído de Sergio; pero éste la hizo callar, con sobresalto.
—¿No oíste?—dijo apenas él, con la tenuidad de un suspiro—. Debe de estar despierta.
Le invadió el miedo. Dió otro beso a la novia:
—Bueno, me voy.
Ella tornó a abrazarle. Aún le retuvo para pedir:
—Tápame bien.