Sonrió él en la sombra. Metió parte del embozo bajo la espalda de Volvoreta, le dió una palmadita de despedida; y súbitamente, esclavo de su hondo temor, comenzó otra vez el peregrinaje. En la escalera sufrió angustias mayores, porque el descender en la obscuridad era mucho más difícil que el subir. Creyó que no se acababan nunca los peldaños. Ya en el pasillo del primer piso, sus pasos fueron más ligeros. Entró en su dormitorio, dando un profundo suspiro de placer, como si saliese de una pesadilla. Se zambulló en cama. Tenía los pies helados, helados, con algunas arenas del pasillo incrustadas en ellos. Se arrebujó apretadamente y quiso saborear sus sensaciones de la noche; pero se durmió.

Soñó que quería correr hacia Volvoreta. Volvoreta le esperaba con sus rizados cabellos del color de la miel y su blusa blanca de los domingos. Él quería correr, porque su madre le perseguía; pero sus pies no podían apartarse del suelo. Corría, corría, y no avanzaba ni un solo punto...


V

Meditó Sergio después en su cobardía de la víspera, en la brevedad de su estancia en el cuarto de Volvoreta, y se hizo reproches y se prometió una mayor decisión. Vencido el misterio de la empresa, el éxito obtenido le alentó. Tenía para él una enorme e intensa poesía de aventura aquella visita cautelosa, aquella obscuridad que los hacía invisibles, el secreto de la andanza mientras la gente confiada dormía... Le pareció que los pasillos y las escaleras que recorrió, sin ver, en una duradera y lentísima caminata, no eran los pasillos y las escaleras tan conocidas de su casa, sino que el genio travieso de la noche y el de los amores lo habían transformado todo. Sentía aún la dulce presión de los tibios brazos en torno al cuello, y ansiaba volver a entregarse a aquella caricia turbadora, no probada jamás.

Al encontrarse Federica y él se sonrieron, como cómplices de una misma travesura. Pero, evidentemente, ella no concedía una gran importancia a lo ocurrido. Hubiera ansiado Sergio contarle con todo lujo de detalles la excursión nocturna; mas no hubo ocasión. Tan sólo al cruzarse en un pasillo pudo decir brevemente:

—Hoy volveré.

Y ella, que marchaba hacia el comedor, no hizo el menor gesto, y al hablar con doña Rosa su voz tenía el mismo bello timbre de siempre, sin que lo alterase la emoción.

Fingió estudiar durante toda la tarde en la galería. En realidad soñaba. Vió cómo los árboles se doblaban ante las ráfagas. Vió salir a Chinto, cubierto por un capote de paja cosida, que era su aldeano impermeable, chapoteando en el lodo con sus zuecos de aguda punta retorcida. Vió en el mirador de la casa de los Solís cómo doña María asomábase, enlutada y triste, a contemplar el cielo. Los ojos de la madre se apenaban más ante aquel espectáculo de la nube igual y plomiza, sin principio ni fin, uniforme, que vertía incansablemente la lluvia. Apenas se adivinaba por una ligerísima luminosidad el sitio donde el sol estaba oculto en el cielo. Y en aquel sitio se obstinaba el mirar de doña María, como si rogase, como si mentalmente hiciese al astro magnífico la confidencia de todo su drama y le pidiese que dejase llegar alguno de sus rayos vivificantes a aquella caseta del jardín, techada de vidrio, donde las tablas estaban ya ennegrecidas por la lluvia, para que el rayo fuese como una lanzada que matase el germen del mal en los pechos aquillados de sus hijos.

Pero a Sergio el espectáculo del agua implacable le producía ahora un íntimo contento. Sentía gratitud hacia los hilos de lluvia que rayaban el campo y hacia la negra nube inmóvil que los dejaba caer, porque a esto debía el sabroso goce de su alma. ¡Bendita lluvia!... Aunque llegase a pudrir el grano en los surcos, ¿no había sido ella la madre de este florecimiento de sensaciones felices en su corazón?...