Y aquella noche volvió a subir; y a la siguiente, y todas... Cada vez tenía mayor confianza en la impunidad; pero no lograba sacudir por completo el temor que se enroscaba en él, a lo largo de aquellas inacabables excursiones, en las que antes de asentar un pie tanteaba el sitio donde apoyarlo, para resbalar después con igual cautela las frías manos por las ásperas paredes. Llegó a familiarizarse hasta tal punto con los incidentes del trayecto, que sabía en qué lugar rechinaba una tabla del piso y cuál era el peldaño que crujía escandalosamente bajo su presión. Volvoreta casi siempre estaba dormida al llegar él, y él tenía siempre el mismo sobresalto, el mismo miedo a sorprender con su llegada y que gritase, sin darse cuenta exacta de quién era el nocturno visitante. Pero ahora Volvoreta ni aun rebullía en el lecho. Extendía siempre sus brazos, como en la primera noche, y, juntas las cabezas, se hablaban nimiedades de enamorados; él, de pie, encorvado, en una violenta postura, sin apoyarse mucho en la cama, por miedo al crujido del jergón. A veces se desprendía del lazo tibio de los brazos y se incorporaba para librar a su espalda de la tortura de aquella actitud de arco. Pero conservaba entre sus manos las manos de Federica, como si temiese al soltarlas que las sombras cavasen un abismo entre ellos.

En alguna ocasión, el mismo contenido tono de su charla, una frase trivial cualquiera, les provocaba un loco deseo de reir, tanto más fuerte cuanto más se lo prohibían sus temores. Y entonces Volvoreta, menos dueña de sí, sentía hinchar sus carrillos de risa y la risa se escapaba al fin de pronto, con el mismo ruido que hace una gaseosa al destaparse; esto terminaba por vencer los esfuerzos de Sergio sobre su hilaridad, y ambos reían ahogadamente; ella escondía la cabeza bajo las mantas, para sofocar el rumor, y él sentía su cuerpo hipar en la jocundidad contenida. Después se asustaban mucho y quedaban un largo rato escuchando, por si en la alcoba de Rafaela se advertía algún ruido sospechoso.

—Querría estar siempre a tu lado en esta alcoba—susurraba Sergio.

Y era verdad; no había para él en toda la casa un lugar de mayor sugestión. Pensaba, ya en su lecho, muchas veces, que era más grata aquella otra estancia de techo aboardillado, donde se sentía fuertemente el paso de las ráfagas, donde la lluvia tecleaba ruidosamente sobre el cinc, donde se veían pasar, tras los cristales del tragaluz, las nubes negras y las blancas nubes, procesionales, y también el parpadeo de una estrella que parecía estar en lo sumo nada más que por curiosear lo que en la alcoba ocurría: tal brillo de mirada humana tenía su mirada; tal se veía, entornando un poco los párpados, cómo el haz de sus rayos llegaba hasta dentro de la misma alcoba, al través del cristal.

Cuando el nimbus se abría, alguna vez en descanso de la lluvia, y la luna asomaba por el desgarrón momentáneo, entraba poco a poco en la alcoba una suave luz misteriosa, que iba creciendo a medida que la gasa de nieblas disminuía ante el satélite. Entonces surgían todos los objetos de la obscuridad; se veía la blancura de la palangana de hierro esmaltado, lucir en un rincón; y las sayas colgadas de clavos en las paredes, como pequeños fantasmas con un capuchón puntiagudo; y brillaba extrañamente un diminuto espejo, semejando una ventana abierta en el tabique, y a la cama llegaba a veces la luz azulada del astro y se veía su raudal bajar del vidrio, recortando en el aire su forma prismática, a la manera de esos raudales que en los cuadros místicos bajan desde el cielo para envolver las figuras de los santos. Las sombras huían hasta el rincón donde el tejado y el suelo se unían en una arista, y se agazapaban allí. Y Sergio podía ver, un poco confusa, sin embargo, la cara de Federica, en la que los cándidos ojos verdes lucían como si concentrasen la dulce luz; y veía también el bulto de su cuerpo adorable acusándose bajo la colcha de tela rameada. Callaban entonces, porque les parecía que en la claridad habían de sonar más fuertes sus palabras. Sergio conservaba en los ojos la visión de la silueta adivinada bajo las ropas, y cuando se volvían a hacer las tinieblas paseaba sus dedos sobre la colcha, desde los pies hasta la garganta de la novia, y al llegar allí la besaba. Volvoreta permanecía inmóvil, sin protestar, sin estremecerse.

Cuando sus manos, heladas por el contacto de las paredes, tocaban los brazos o los hombros de la joven, ella sofocaba un grito que la fría impresión estaba a punto de arrancar. Entonces guardaba un momento aquellas manos bajo las tibias sábanas, y él permanecía un instante así. Pero a medida que se aproximaba el invierno, el aire que se deslizaba en la casa por las rendijas de las puertas, el tránsito brusco de su lecho templado a la atmósfera húmeda y fría de los pasillos, le aterían. Llegaba a veces al final de su peregrinaje tiritando, y tenía que esperar un poco para poder hablar, porque sus dientes entrechocaban.

Y fué una de esas noches crudas, que en los vidrios del tragaluz hacía condensar en gotitas de agua el vapor de la atmósfera, cuando la destemplanza le decidió a cortar su visita.

—Me muero de frío; me voy.

Y ofreció ella entonces, sin pensarlo, con aquella misma sencillez con que había hablado en la noche lluviosa, bajo el alpende:

—Entra en la cama; te abrigarás un poco, hasta entrar en calor.