Aún preguntó él, sobrecogido:
—¿Me dejas?
Federica bajó el embozo. Fué él, lentamente, lentísimamente, inclinándose sobre el lecho, tendiéndose poco a poco... Pero las hojas de maíz seco crujían y alborotaban, con un ruido semejante al del agua que cayese abundantemente sobre una plancha de hierro enrojecida. Decidió abreviar aquella tortura y se acostó de un golpe sobre la cama. Volvoreta estiró las mantas sobre él. Estuvieron un instante inmóviles. El corazón del joven latía con fuerza. Estaba tendido sobre un brazo y lo estiró para librarlo de la presión dolorosa. Entonces tropezó con los duros pechos femeninos. Entre las sábanas había aquel olor a romero de Volvoreta, el olor de su fina piel... En el declive que formaba el jergón hacia el centro fué resbalando el joven, hasta encontrar el cuerpo de la moza. Todo el cuarto era tinieblas y toda la casa silencio...
Así fué cómo Sergio Abelenda tuvo su primera querida.
VI
El grito de doña María de Solís llegó hasta la casa.
Vióse correr a una criada por el mirador con aire azorado, y un minuto después volver a cerrar apresurada las ventanas de guillotina, que batieron fuertemente en su encaje. Entonces doña Rosa, asustada, se echó un viejo chal sobre los hombros y salió.
—¡Dios mío: algo ha pasado en casa de los de Solís!...
Y atravesó el jardín y orilló un pequeño trozo de carretera y entró en la finca próxima. El jardinero ensillaba nerviosamente un caballejo castaño, de larga crin.