—¿Qué ha ocurrido?

—La señorita Maruja se puso mala de repente.

Doña Rosa subió. La niñera, trémula aún, torturaba entre sus dedos la punta del delantal, en el comedor, a la puerta de una alcoba en penumbra. Doña Rosa preguntó en voz baja, llena de ansiedad sincera:

—¿Están ahí?

Y como la criada afirmase, pasó.

Pero se detuvo casi a la entrada. Hacia el fondo de la amplia alcoba se veía blanquear la cama de Maruja: la luna de un armario reflejaba un trozo. Habían entornado, casi hasta unirlas, las contraventanas, y la claridad exterior se dibujaba en sus intersticios formando como una T que en el trazo superior, junto al dintel, tenía los extremos aguzados. En la semisombra, los lienzos que en la pared pendían de cordones de seda, eran imprecisas manchas obscuras. Doña María inclinaba su sutil silueta, más enflaquecida aún por el luto, sobre el lecho donde su hija reposaba. Se oía su voz, toda llena de inflexiones dolorosas, como si de un momento a otro fuese a romper a llorar.

—Muy quietecita, ¿sí?... ¿Has de estar muy quietecita?... Así, boca arriba; sin moverte...

Sus manos arreglaban las almohadas en torno a la cabeza de la enferma. Hubo un silencio. Después, la voz débil de Maruja indagó, temerosamente:

—¿Era sangre, mamá?

Se hizo mimosa el habla de la madre: