—¡No, hijiña, no!... ¿Cómo iba a ser sangre?... ¡Qué tonterías se te ocurren!... Fué el desayuno que te hizo daño, bobiña. ¿Cómo iba a ser sangre?

Quería fingir risa ante la sospecha de la adolescente; pero sus palabras temblaban con un espanto contenido. Doña Rosa, inmóvil, sintió llenarse de lágrimas sus ojos.

—Quietecita, ¿eh?

Y doña María se alejó. Entonces se vió sobre la blancura del embozo y de las almohadas amarillear el rostro de la enferma, con los ojos hundidos en un halo de negrura. Al dar espalda al lecho, el llanto retenido arrugó en mil arrugas la flaca cara maternal, e hizo bajar como para un sollozo las comisuras de sus labios. Acudió a sofocarlo con su pañuelo. Miró a doña Rosa con una mirada de desesperación, a la que los párpados rojos y el brillo de las lágrimas silenciosas daban una trágica intensidad, y salió al comedor y avanzó hasta el último rincón de la galería. Entonces abrazó a doña Rosa y lloró convulsivamente sobre su hombro:

—¡También ésta se me va; también ésta!...

Doña Rosa balbuceaba consuelos:

—¡Vamos, doña María... no se ponga así!... ¡Dios es bueno!...

—¡Oh, bien sé lo que tengo que esperar!...

Entonces la criada rompió a llorar en el comedor. Doña María la llamó, imperiosamente:

—¿Qué le ocurre a usted? ¿Por qué llora?...