Calló la rapaza, hipando aún, con las mejillas rojas. Doña María ordenó:
—Pase en silencio a la alcoba. Como la señorita la oiga llorar, la despido a usted.
Después, a solas en la galería, explicó. Había sido una cosa imprevista. Maruja parecía estar bien de salud; comía regularmente, no se quejaba de nada; alguna que otra vez, dolores de cabeza que pasaban pronto. Aquella mañana había estado jugando con su hermano Juan. Repentinamente, al bajarse a coger la pelota con que se distraían, tuvo un vómito de sangre, poca. Doña María, al verla, había dado un grito, y Maruja, asustada, sufrió un desvanecimiento.
—Creo que ha visto la sangre; yo quise engañarla, pero me parece que la desdichada lo sabe tan bien como yo... ¡Pobre hija mía!...
Doña Rosa volvió a intervenir para deslizar un rayo de esperanza. ¿Cuántas personas conocía ella y también la señora de Solís que habían tenido hemoptisis en su juventud y que después habían curado?... Allí estaba en el cementerio de la Gándara el antiguo cura, don Francisco Javier, que hasta cumplir los cuarenta todos los años tenía algún vómito de sangre, y que murió a los sesenta y tantos, de una indigestión. Las cosas ocurrían siempre como Dios las ordenaba, y no estaba bien entregarse a desconsuelos prematuros.
—¡Pero en esta edad, doña Rosa; como los otros!...
—Los otros estaban en la ciudad. La aldea es más sana.
—Sí, la aldea... la aldea...
Doña María paseó una mirada por el campo entero, por la carretera donde el agua brillaba en los surcos, por los olmos crecidos, sin hojas ya, por la lejanía de los prados y de las tierras donde las semillas, bajo la humedad, iniciarían entonces la misteriosa evolución de la vida en sus entrañas harinosas, y miró también al cielo gris, sin sol, y al trozo de mar que ahora se veía al través de los desnudos troncos del bosque. Y parecía pedir a todas estas cosas indiferentes algo del oxígeno que exhalaban y de la vida que sabían hacer germinar, y también su suprema e inmóvil quietud, su insensibilidad para todos los males que conturban al hombre.
El médico llegó por la tarde y permaneció un largo rato en la casa de los Solís. Antes de que regresase a la ciudad, Chinto fué a requerirle en nombre de doña Rosa, y él acudió a saludarla.