—¿Qué?... ¿Muy mal?...
Naturalmente; muy grave. Para ir tirando unos meses. Y el hijo menor, el entablillado, con el mal de Pot. Aquello no tenía remedio. Era una familia de tuberculizados. Gracias a la higiene meticulosa, y a la existencia ordenada, y a la sobrealimentación, podían fingir una apariencia de vida; pero en cuanto el organismo hacía una demanda de fuerzas para su desarrollo, la economía presentaba su quiebra. Habló, luego, con cierta circunspección, del difunto señor Solís, de su vida de crápula, de taras y de estigmas... Doña Rosa le ofreció una copita de tostado del Rivero, y él la bebió, desnudando lentamente su mano derecha para cogerla.
Al salir, Chinto se acercó, levantando un poco por el ala su sombrero mugriento:
—Entonces... Ya que el señor facultativo está aquí..., bien podía, de paso, echar un ojo a mi hermano Ramón, que el pobre no se tiene de pie hace diez días.
El doctor, contrariado, miró su reloj. Inquirió doña Rosa:
—Y ¿qué tiene tu hermano, Chinto?
—Yo no sé... Para mí que es «andacio».
El médico intervino:
—¿Está aquí?
—Como estar aquí, no está, no, señor; pero le coge de camino.