—Andando, entonces.

Sergio fué también, más por dar un paseo en el automóvil del doctor que por cariñosa curiosidad hacia el doliente. Chinto, al fin, indicó una choza, situada casi al borde de la carretera. Entraron. La choza estaba formada por trozos de piedra pizarrosa, unidos, más que con argamasa, con arcilla. Tenía la forma de un cajón negruzco, con vetas de líquenes amarillentos, y el tejado bajaba desde el muro posterior, con un pronunciado declive. Entre las tejas crecían ortigas y se escapaba el humo del hogar, falta de chimenea la vivienda. Una sola ventana daba una dudosa luz al interior; el suelo estaba pisado de tierra. Empujaron la puerta, pintada de verde y partida horizontalmente en dos, y nadie salió, ni se alzó voz alguna en el obscuro recinto. El médico comentó, esperanzado:

—No hay nadie dentro.

—No hay, no, señor—replicó Chinto—; porque van en el campo. Pero Ramón está.

Y gritó:

—¡Ay, Ramón!

Una voz, entre malhumorada y doliente, contestó:

—¿Qué quieres?

Y en una especie de arca, próxima al muro del fondo, hubo un rebullir de trapos.

—¡Ay, Ramón—insistió Chinto—, levántate, hom, que aquí te traemos al facultativo!...