Pero el doctor ya se había aproximado. Encendió una cerilla. El enfermo, con la barba descuidada, revuelto el pelo, se incorporó, parpadeando ante la proximidad de la luz. Se dejó tomar el pulso; enseñó la lengua, y mientras apretaba el brazo contra el cuerpo para sostener el termómetro en la axila, Chinto paseó su mirada, satisfecha, por el grupo del médico y de Sergio y del chauffeur, imponente con su chaqueta impermeable y sus polainas de cuero, y murmuró, alegre:
—Lo que es... bastante señorío te traigo. ¡Si no sanas de ésta!...
En una hoja arrancada de su cartera, el doctor, sin detenerse a explicar, recetó nerviosamente. Chinto tomó el papel entre sus dedos deformes.
—Dios se lo pague, señor.
Ordenó el médico entre dientes, al marchar:
—Tres cucharadas al día. Dieta. Que no salga al trabajo.
Y saltó al coche. Chinto aún indagó, un poco defraudado por todo aquello:
—Dígame, señor: y esto, ¿costará mucho?
Repasó el doctor la receta de una ojeada:
—Unas doce pesetas. Manden a buscarlo a una botica de la ciudad.