—Bien está, sí, señor.
Y mientras el automóvil se alejaba salpicando la turbia agua de los baches hasta las cunetas, Chinto, caviloso, dobló muy bien doblado el papel, y lo guardó en el bolsillo del chaleco, donde acostumbraba guardar las colillas de sus propios cigarros.
Dos mujerucas, atraídas por la detención del automóvil ante la choza, se habían acercado a observar, con las manos ocultas en el pañolón cruzado sobre el pecho, surgiendo sus canillas de las zuecas como dos estacas.
—¿Qué dijo?—curiosearon.
—Lo que dijo no sé; pero como él dejó la receta...
Y meditó, rascándose la frente:
—¡Caray!... ¡También... doce pesetas!
—¡Ave María!—comentó una mujer.
—Mércase un cocho pequeño—calculó la otra.
Chinto encogióse de hombros.