—Pero creo que me podrá decir su nombre, por lo menos—exclamé.

—Herberto Hales—contestó, no sin alguna vacilación. Después añadió:—Pero deseo, señor Greenwood, que me haga el favor de no mencionar otra vez este penoso asunto. ¿Usted no sabe cómo me trastorna cuanto depende del silencio de este hombre?

Se lo prometí, aun cuando antes hice los mayores esfuerzos para tratar de inducirla a que me diera algún indicio sobre la naturaleza del secreto que poseía este grosero campesino. Pero fue inflexible y se negó a decirme nada.

Que el secreto era algo que la afectaba a ella o a su honor, parecía evidente, porque cada vez que yo le indicaba que sería bueno obligar a ese hombre a que se enfrentara cara a cara con ella, se estremecía de terror a la sola idea de la espantosa revelación que en venganza podía hacer.

Cavilaba si ese documento, dedicado a ella solamente, escrito por el que no existía ya, y que había destruido la noche anterior, no tendría alguna conexión con el secreto de Herberto Hales. En verdad, cualquiera que fuese la índole de lo que ese hombre sabía, el hecho es que era tan poderoso su secreto, que la obligaba a venir de Londres para arreglar con él, si era posible, las condiciones.

Felizmente, empero, todos los moradores de Mayvill ignoraban por completo los acontecimientos de la noche anterior, y cuando a mediodía abandonamos la mansión, de regreso para Londres, Gibbons y su esposa nos despidieron en la puerta y nos desearon feliz viaje.

El mayordomo y su esposa creían, por cierto, que el objeto de nuestra rápida visita había sido registrar los efectos del muerto, y con la curiosidad natural de los sirvientes, ambos estaban deseosos de saber si habíamos descubierto algo de interés, aunque no podían interrogarnos directamente. La curiosidad aumenta cuanto mayor es la fidelidad y confianza que se tiene en un sirviente, hasta que este servidor, fiel y reservado generalmente, sabe tanto y conoce tan bien los asuntos de su amo o ama como ellos mismos. Burton Blair había tenido particular predilección por el matrimonio Gibbons, y casi parecía que éstos se consideraban menospreciados porque no se les informaba de todas las disposiciones del testamento de su difunto amo.

Nosotros sólo les participamos el legado de doscientas libras para cada uno que les había hecho Blair, lo cual les causó el más profundo placer.

Después de dejar a Mabel en la plaza Grosvenor y de despedirme de ella, me volví inmediatamente a la calle Great Russell, y me hallé con que Reginaldo acababa de volver de su negocio de la calle Cannon.

Procediendo en conformidad a la súplica de mi dulce y encantadora amiguita, no le dije nada sobre el desagradable y excitante incidente de la noche anterior. Todo lo que le conté fue el examen que habíamos hecho del escritorio de Blair y lo que habíamos descubierto en él.