—Debemos ir y ver esa casa de las Encrucijadas, creo yo—exclamó cuando hubo visto la fotografía.—De King's Cross a Doncaster es un viaje rápido; podemos ir y volver mañana mismo. Me interesa conocer la casa que anduvo Blair buscando por toda Inglaterra y por cuyo motivo, vagó meses y años hasta descubrirla. Esta fotografía debió venir a su poder—añadió entregándomela,—sin ningún nombre o indicio de su ubicación.

Estuve conforme con que debíamos ir y ver por nuestros propios ojos la misteriosa casa; por lo tanto, después de pasar una noche tranquila y agradable en el Devonshire, partimos al día siguiente para Yorkshire en el primer tren matinal. Cuando llegamos a la estación de Doncaster, a la cual nos dirigimos desde Londres sin parar, tomamos una volanta y nos encaminamos por el ancho camino real, cubierto de nieve, que atraviesa por Benttey, recorriendo unas seis millas o más, hasta que, después de orillar el parque de Owston, nos encontramos de pronto sobre las Encrucijadas, donde se levantaba la solitaria y vieja casa, tal como la fotografía la representaba.

Era un edificio antiguo y extraño, parecido a esas viejas casas de portazgo que se ven en los grabados de la antigüedad, sólo que le faltaba la vieja barra de hierro. Sin embargo, se conservaban todavía los postes del portón, y como durante la noche había caído una sábana de nieve, el aspecto que presentaba el paraje, era verdaderamente invernal y pintoresco. La vieja casa, con sus anchas chimeneas despidiendo humo, parecía que había sido ensanchada después de sacada la fotografía, porque en el ángulo derecho se levantaba una nueva ala de ladrillo colorado, que la transformaba en una morada confortable.

No obstante, al aproximarnos más a ella, viéndola surgir de la blanca planicie cubierta de nieve, sentimos que respiraba silenciosamente el ambiente de esa época olvidada, cuando las mensajerías de York y Londres pasaban por allí, los enmascarados caballeros de los caminos estaban escondidos en el bosque sombrío de abetos que se extendía más allá de los abiertos terrenos comunales de Kirkhouse Green, y los postillones no se cansaban de alabar aquellos maravillosos y célebres quesos en la vieja posada Bell, en Stilton.

Nuestro cochero pasó de largo, y como a un cuarto de milla del punto le hicimos parar, bajamos y retrocedimos a pie, ordenándole que nos esperara.

Llamamos a la puerta y nos abrió una anciana con gorra y adornos de cintas. Reginaldo, que asumió la parte de interlocutor, pidiole disculpa y le manifestó que habíamos ido pasando; pero que, habiendo notado por su exterior que era evidentemente una antigua casa de portazgo, no habíamos podido resistir al deseo de llamar y pedir que se nos permitiera verla por dentro.

—Sean ustedes bien venidos, caballeros—contestó la mujer, en su grosero dialecto de Yorkshire.—Es una casa vieja y les aseguro que han venido muchas personas a visitarla en los años que llevo de estar en ella.

A través de la pieza se veían las negras y viejas vigas con dos siglos de existencia, mientras en un rincón estaba la anticuada chimenea que presentaba un aspecto confortable y atrayente con su asiento de roble bien lustrado, y la gran olla hirviendo sobre el alegre fuego. El mobiliario había cambiado poco del que existía en aquella antigua época de los coches y mensajerías, pero el ambiente general que reinaba, era de abundancia y comodidad.

—¿Hace mucho tiempo que vive usted aquí?—preguntó Reginaldo, después que examinamos lo que nos rodeaba y vimos la ventanita triangular en el rincón de la chimenea, desde donde el guardián del portazgo podía antiguamente dominar con la vista muchas millas a lo largo del camino carretero que se extendía a través de los brezales.

—El próximo día de San Miguel hará veintitrés años que estoy aquí.