—¿Y su esposo?
—¡Oh! aquí está—rió la mujer, llamándolo luego:
—Ven, Enrique, ¿dónde estás?—y después añadió:—No se ha ausentado ni un día de aquí, desde que volvió a la patria hace dieciocho años y dejó el mar. Ambos somos muy apegados a esta vieja morada. Un poco solitario, podría decir la gente refiriéndose al paraje, pero a sólo una milla está Burghwallis.
Cuando le oímos mencionar que su esposo había vuelto del mar, los dos pusimos toda atención a sus palabras. Aquí era donde residía, evidentemente, el hombre que Burton Blair había buscado de una punta a la otra de Inglaterra.
XIX
EN EL QUE SE ENCUENTRA UN RASTRO
Se abrió una puerta y avanzó un hombre alto, flaco, viejo, de blancos cabellos y barba gris puntiaguda. Se conocía que se había retirado al llegar nosotros para cambiarse el saco, porque traía puesta una chaqueta azul plegada que tenía muy poco uso, pero cuyo cuello estaba torcido, demostrando que acababa en ese momento de ponérsela.
Su cara veíase surcada profundamente de grandes y rectas arrugas a través de su frente; era la fisonomía de un hombre que durante años había estado expuesto a los rigores e inclemencias del viento y del tiempo de diferentes climas.
Después de saludarnos, se rió alegremente cuando le explicamos nuestra admiración por las casas viejas. Les dijimos que éramos de Londres, y que las casas de portazgos, por su relación con el antiguo medio de locomoción en lo pasado, siempre nos encantaban.
—Sí, eran días muy agitados aquéllos—dijo en una voz más bien fina para aquel aspecto tan tosco.—Hoy el automóvil ha ocupado el lugar de la pintoresca diligencia y sus parejas de caballos, y pasan por aquí bebiéndose los vientos a toda hora del día y de la noche, haciendo resonar sus cornetas. Imaginarse semejante cosa en el mismo punto donde Claudio Duval* paró al Duque de Northumberland y galantemente escoltó después a lady María Percy hasta Selby.