*Célebre salteador de caminos, de nacionalidad francesa, pero que fue joven a Inglaterra.

El viejo parecía deplorar la desaparición de la buena época pasada, porque era uno de esos hombres que son conocidos como «de la vieja escuela», lleno de estrechos prejuicios contra toda nueva idea, ya fuera de medicina, religión o política, y declaró que, cuando él era joven, los hombres eran hombres y sabían sostener lo suyo con éxito en competencia con el extranjero, ya fuese en la paz del comercio o en el choque de las armas.

Nos dijo que su apellido era Hales, lo cual me produjo la mayor sorpresa, pues era el mismo del novio secreto de Mabel, y en el correr de la conversación supimos que había estado un buen número de años en el mar, principalmente en viajes comerciales por el Atlántico y por el Mediterráneo.

—Pero ahora parece que está usted muy confortable—observé, sonriendo;—tiene una casa cómoda y atrayente, una buena esposa y todo lo que puede hacerlo feliz.

—Dice usted bien—contestó, tomando una larga pipa de arcilla de sobre el morillo de la abierta chimenea.—Un hombre no necesita nada más. Estoy demasiado contento y desearía que todo el mundo en Yorkshire estuviera tan confortable como yo en este tiempo tan duro.

La anciana pareja parecía sentirse halagada por nuestra visita, y nos ofrecieron bondadosamente un vaso de cerveza fuerte.

—Es cerveza casera—declaró la señora Hales.—Las personas como nosotros no pueden darse el lujo de tener vino, pero pruébenla ustedes—insistió, y como nos vimos instados, tuvimos el gusto de encontrar una excusa para prolongar nuestra visita.

La anciana se fue a la cocina para traer vasos, y aprovechando esta circunstancia, Reginaldo se puso de pie, cerró rápidamente la puerta, y, volviéndose a Hales, le dijo en voz baja:

—Queremos conversar reservadamente con usted unos cinco minutos. ¿Reconoce usted ésto?—añadió, sacando la fotografía y poniéndosela por delante al anciano.

—¡Es mi casa!—exclamó sorprendido.—¿Pero qué hay con eso?