—¿Va a permitir que el desgraciado incidente de anoche pase inadvertido? Si lo hace, me temo que ese hombre pueda cometer otro atentado contra su vida. Será ciertamente mucho mejor que sepa, una vez por todas, que yo he sido testigo de su infame cobardía.
—No—respondió en voz baja y dolorida.—Le ruego que no discutamos eso. Debe pasar inadvertido.
—¿Por qué?
—Porque, si yo tratara de hacerlo castigar, él podría declarar algo... algo que deseo que permanezca siendo un secreto.
Yo sabía eso, y recordé cada palabra de aquella acalorada conversación nocturna. El bribón conocía algún secreto suyo, el cual temía ella que fuera revelado, pues debía ser deprimente y perjudicial.
¡Desde el principio hasta el fin era ciertamente un enigma de lo más notable y extraño! Desde la noche de invierno cuando la encontré caída a la orilla del camino real en Helpstone, hasta este mismo momento, se habían ido sucediendo y amontonando misterios sobre misterios, secretos sobre secretos, hasta que, con la muerte de Blair y el paquete de pequeñas cartas que tan curiosamente me había legado, el problema había asumido gigantescas proporciones.
—Ese hombre la hubiera asesinado, Mabel—exclamé.—¿Le tiene miedo?
—Sí, le tengo—contestó sencillamente, con su mirada fija a través del prado y del lejano parque, y suspiró.
—¿Pero no debería usted ahora asumir la defensiva en vista de que ese hombre ha intentado deliberadamente quitarle la vida?—le argumenté.—¡Su villana acción de anoche ha sido verdaderamente criminal!
—Lo ha sido—dijo con una voz hueca y confusa, volviendo sus ojos hacia mí.—No tenía la menor idea de su intención. Confieso que he venido aquí, porque me obligó a que viniera a tener una entrevista con él. Ha sabido la muerte de mi padre y comprende ahora que puede obtener dinero de mí; que tendré por fuerza que ceder a sus exigencias.