Durante algunos minutos luché con todas mis fuerzas para conseguir mantener sobre la superficie la cabeza de la pobre niña inconsciente, sin embargo, era tan poderosa la corriente, con sus masas de hielo flotante, que toda resistencia parecía imposible, y ambos fuimos arrastrados cierta distancia río abajo, hasta que al fin, llamando en mi auxilio mis últimas fuerzas, conseguí salir del peligro con mi insensible carga y llegar a un banco de arena, donde pude sosteniendo una fiera lucha, saltar a tierra y arrastrar a la pobre niña sobre la orilla helada.

Muchos años antes había asistido por un tiempo a un curso de primeros auxilios, y recordé en aquel momento las instrucciones que había recibido entonces y me puse en el acto a trabajar para producir una respiración artificial. Era un trabajo pesado para hacerlo solo, con mis ropas mojadas adheridas a mi cuerpo, heladas y duras por el frío terrible; pero perseveré sin embargo, decidido, si posible era, a volverla a la vida, y esto lo conseguí felizmente media hora después.

Al principio no pudo pronunciar una palabra, y yo no la interrogué. Me bastaba saber que todavía estaba viva, porque cuando la traje a tierra creí que ya era inútil todo auxilio humano, y que el cobarde atentado de su vulgar amante había tenido éxito. Tiritaba y se estremecía de la cabeza a los pies, pues el viento de la noche cortaba como un cuchillo, y, al fin, por indicación mía, se puso de pie y, apoyándose pesadamente sobre mi brazo trató de caminar. La tentativa fue muy débil primero, pero luego aceleró algo el paso, y, sin mencionar ninguno de los dos lo que había sucedido, la conduje por la larga avenida hasta la casa. Una vez dentro, me manifestó que era innecesario llamar a la señora Gibbons, y en voz muy baja me imploró que callase todo lo que había presenciado. Tomó mi mano entre las suyas y la retuvo.

—Quiero que olvide usted, si es su voluntad hacerlo, todo lo que ha pasado—exclamó, profundamente ansiosa.—Ya que me siguió usted y oyó lo sucedido entre nosotros, quiero que considere que esas palabras no han sido jamás pronunciadas. Quiero que... que...—tartamudeó, y luego se calló sin concluir la frase.

—¿Qué es lo que desea que haga?—le pregunté después de un breve momento de penoso silencio.

—Quiero que me mire usted todavía con alguna estimación, como siempre lo ha hecho—murmuró, bañada en lágrimas,—porque no me gusta pensar que haya descendido en su aprecio. Recuerde que soy una mujer... y los impulsos e indiscreciones de una mujer pueden perdonarse.

—Usted no ha perdido absolutamente nada de mi estimación, Mabel—le aseguré.—Lo único que siento es que ese bribón haya cometido con usted ese terrible y ultrajante atentado. Pero ha sido una felicidad que la haya seguido, aun cuando creo que debo disculparme por haber asumido el carácter de espía.

—Me ha salvado la vida—contestó en un murmullo, al estrecharme la mano con afecto como dándome las gracias. Luego se deslizó veloz y silenciosamente por la gran escalera y perdiose de vista.

A la mañana siguiente se presentó en el comedor a la hora del almuerzo, sin que al parecer se notaran casi los estragos producidos por su peligrosa escapada de la muerte, siendo tal vez las únicas huellas visibles dos negros y grandes círculos alrededor de sus ojos, que daban a conocer su terrible ansiedad y su insomnio. Pero sin embargo charló alegremente, como si no hubiera tenido ninguna preocupación en el mundo por qué afligirse. Mientras Gibbons estuvo sirviéndonos, no pudo hablar con confianza, pero cuando sus ojos se fijaban en mi, su mirada estaba llena de expresión significativa.

Al fin, cuando terminamos, y juntos atravesamos el gran hall para volver a la biblioteca, le dije: